El autor francés Max Gallo, conocido por su militancia laica y republicana decía algunos años, no muchos, que el laicismo implica una posición valorativa, contraria a la religión, convirtiéndose así en una confesión estatal que haría perder al Estado su aconfesionalidad y neutralidad. Por el contrario, si partimos, como debe ser, de la neutralidad religiosa y de la aconfesionalidad del Estado –laicidad- resulta que, como es lógico y obvio, todas las manifestaciones sociales que regulen la dignidad del ser humano –también las públicas del hecho religioso- son perfectamente compatibles, en un Estado aconfesional y neutral, con la laicidad del Estado y, por ello, tienen la plena legitimidad que, por ejemplo, reconoce positivamente el artículo 16 de la Constitución Española de 1978.
El autor francés Max Gallo, conocido por su militancia laica y republicana decía algunos años, no muchos, que el laicismo implica una posición valorativa, contraria a la religión, convirtiéndose así en una confesión estatal que haría perder al Estado su aconfesionalidad y neutralidad. Por el contrario, si partimos, como debe ser, de la neutralidad religiosa y de la aconfesionalidad del Estado –laicidad- resulta que, como es lógico y obvio, todas las manifestaciones sociales que regulen la dignidad del ser humano –también las públicas del hecho religioso- son perfectamente compatibles, en un Estado aconfesional y neutral, con la laicidad del Estado y, por ello, tienen la plena legitimidad que, por ejemplo, reconoce positivamente el artículo 16 de la Constitución Española de 1978.
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