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lunes, 18 de abril de 2016

Amoris Laetitia: «Una saludable autocrítica».

 Amoris Laetitia: «Una saludable autocrítica»
Por el P. Giovanni Scalese
Miembro de la Orden de los Clérigos Regulares de San Pablo (Barnabitas), filósofo y teólogo

Me han pedido un trabajo acerca de la exhortación apostólica Amoris laetitia, pero realmente no me agrada comentar los documentos pontificios. Escribí en alguna ocasión: «las sentencias no se discuten, se aplican». Así que en este caso, en lugar de discutir los méritos de la exhortación, preferiría centrarme en ciertos aspectos formales del documento, aunque será inevitable hacer referencia a su contenido.
El documento nos invita a ser humildes y realistas y hacer una «sana autocrítica» (n. 36): creo que esta actitud debe orientarse no sólo hacia la iglesia del pasado y su práctica pastoral, sino que, para ser auténtica, debe extenderse a 360° y por lo tanto también a la iglesia de hoy. Por ello me gustaría formular algunas preguntas, no con espíritu polémico, sino como una simple invitación a la reflexión.
1. ¿Es correcto volver sobre los temas que ya habían sido abordados en tiempos relativamente recientes (el Sínodo anterior sobre la familia data de 1980), sin que la situación haya cambiado radicalmente? Es cierto que en estos treinta y cinco años ha habido no pocas novedades, que no habían sido afrontadas entonces (por ej. la fecundación in vitro, la teoría de género, la maternidad subrogada, uniones homosexuales, la adopción de hijastros, etc.); pero también es cierto que estas cuestiones no han sido objeto de los últimos Sínodos y son tocadas sólo parcialmente y de paso en la exhortación apostólica AL. La atención parecía dirigida exclusivamente sobre una cuestión que ya había sido ampliamente debatida y definida: el acceso a los sacramentos de divorciados vueltos a casar civilmente. La cuestión había sido resuelta autorizadamente en la exhortación apostólica Familiaris consortio (n. 84); su enseñanza fue retomada por el Catecismo de la Iglesia Católica (n.1650) y reiterada en la Carta de la Congregación para la Doctrina de la fe del 14 de septiembre de 1994 y la declaración del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos de 24 de junio de 2000. Soy perfectamente consciente de que Amoris Laetitia escapa a la lógica doctrinal y legal, para colocarse sobre un plano exquisitamente pastoral; pero me pregunto: ¿es correcto poner ahora en entredicho una enseñanza prácticamente definitiva?
2. ¿Es correcto el procedimiento seguido para abordar este tema? Primero, el Consistorio extraordinario en febrero de 2014; a continuación, la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los obispos en octubre de ese mismo año; posteriormente, la emisión de dos motu proprio sobre las causas de nulidad matrimonial en agosto de 2015; a continuación, la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los obispos en octubre siguiente; finalmente la exhortación apostólica postsinodal recién publicada. Hasta ahora, nadie había visto un procedimiento similar: ¿no era suficiente un único Sínodo, debidamente preparado? ¿Era realmente necesario este «martilleo» durante dos años? ¿Con qué fin? Todo ello, sin hablar de las anomalías registradas a lo largo del camino: el secreto de la relación con el Consistorio y del debate del Sínodo; el informe post disceptationem del Sínodo de 2014, que no reflejaba el resultado del debate; el informe final del Sínodo mismo, que se hizo eco de temas que no habían sido aprobados por los Padres; la carta reservada de los trece cardenales en principio del Sínodo 2015, denunciado públicamente como «conspiración», etc.: ¿son cosas normales?
3. ¿Es correcto insinuar determinadas soluciones pastorales que no habían sido acogidas por los Padres sinodales (y por lo tanto no podrían ser incorporados en el texto de la exhortación), en las notas del documento? ¿Es correcto poner en discusión, en un documento magisterial, la enseñanza de un documento precedente, con la siguiente fórmula: «muchos... destacan..» (Nota 329)*? ¿«Muchos» quiénes? ¿«Destacan» con qué capacidad? Además, ¿qué tipo de membresía requiere la nota 351**, que admite una posibilidad en abierto contraste con la enseñanza y la práctica ininterrumpida de la Iglesia, basándose en argumentos que ya habían sido considerados y juzgados insuficientes para justificar una excepción a esa enseñanza y práctica (véase la Carta de la Congregación para la Doctrina de la fe de 14 de septiembre de 1994, en particular, el n. 5: «esta práctica [de no admitir a la Eucaristía a los divorciados y vueltos a casar], presentada [por la Familiaris consortio] como vinculante, no puede ser cambiada en base a diversas situaciones»)?
4. ¿No debería tenerse cuidado, cuando se publica un documento, de lo que llegará a los fieles? En Evangelii gaudium se abordaba, con razón, el problema de la comunicación del mensaje evangélico (n. 41); en Amoris Laetitia exhorta a «evitar el grave riesgo de mensajes erróneos» (n. 300). ¿El hecho de que en los días sucesivos a la publicación de la exhortación hayan sido publicados comentarios contrastantes entre sí, no debería hacer reflexionar sobre ello? ¿No será que el lenguaje utilizado no es suficientemente claro? ¿Es posible que sobre el mismo documento haya quienes dicen que nada va a cambiar y otros que lo consideran revolucionario? Si una declaración es clara, no debería dar lugar a dos interpretaciones opuestas. ¿La confusión no debería ser una alarma? En Amoris laetitia no se ignora el problema: «Entiendo a aquellos que prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusiones» (n. 308), pero luego, con Evangelii gaudium (n.45), se responde que es preferible una iglesia que «no renuncia al bien posible, aunque corra peligro de ensuciarse con el barro de la calle». Es tentador pensar que la confusión sea buscada intencionalmente, porque en ella se buscaría a Dios y actuaría el Espíritu. Personalmente prefiero creer, con San Pablo, que «Dios no es un Dios de desorden sino de paz» (1 Corintios 14:33).
5. ¿Es posible que a medida que los años pasan, las exhortaciones apostólicas postsinodales sean cada vez más minuciosas? ¿Es posible que no se llegue a sintetizar en unas pocas proposiciones los resultados de las discusiones de los padres sinodales? La concisión generalmente se lleva bien con la eficacia y el impacto: cuando se extiende más de lo necesario para transmitir un determinado mensaje, la mayoría de las veces significa que las ideas no son muy claras. Sin mencionar que, por hacer los documentos excesivamente largos, se corre también el riesgo de desalentar incluso a los más dispuestos a emprender la lectura, y les obliga a conformarse con los resúmenes, generalmente parciales y sesgados, que hacen los medios de comunicación.
6. ¿Es realmente necesario que los documentos pontificios se conviertan en tratados de psicología, pedagogía, teología moral, pastoral, espiritualidad? ¿Es ésta es la tarea del Magisterio de la iglesia? Antes de afirmar que «no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben resolverse con intervenciones magisteriales» (n. 3) luego, de hecho, se pronuncia en cada aspecto y se cae incluso en aquella «casuística insoportable», que, en pocas palabras, se dice que desaprueban (n. 304). El magisterio tiene la tarea de interpretar la palabra de Dios (Dei Verbum, 10; Catecismo de la iglesia católica, nº 85), definir las verdades de la fe, custodiar e interpretar la ley moral, no sólo evangélica sino también natural (Humanae vitae, n.4). El resto –la explicación, profundización, aplicaciones prácticas, etc., siempre se ha dejado a teólogos, a los confesores, a los maestros de espíritu, a la conciencia bien formada de los fieles. Una exhortación apostólica, dirigida a todos los fieles, no puede, en mi opinión, convertirse en un manual para confesores.
7. ¿Es correcto insistir sobre la abstracción de la doctrina (nn. 22; 36; 59; 201; 312), en contraste con el discernimiento y el acompañamiento pastoral, como si no hubiese posibilidad de convivencia entre las dos realidades? Que la doctrina sea abstracta, no tiene caso subrayarlo: lo es por naturaleza; como la praxis es praxis. Pero eso no significa que en la vida humana no tenga necesidad la una de la otra: la praxis siempre se deriva de una teoría (basta pensar que en Amoris laetitia se repite dos veces, n. 3 y 261, un principio filosófico –y por lo tanto abstracto– que ya había sido enunciado en Evangelii gaudium en nn. 222-225: «el tiempo es mayor que el espacio»). Por eso es importante que la praxis, para ser buena («ortopraxis»), esté inspirada en una doctrina verdadera (ortodoxia); de lo contrario, una doctrina errónea generaría inevitablemente una mala praxis. Despreciar la doctrina no sirve de nada, sólo sirve para privar a la praxis de su fundamento, de la luz que debería guiarla. ¿No se advierte, por otra parte, que el hablar de la praxis no se identifica con la propia praxis, sino que es sólo una teoría de la praxis misma? Y la teoría de la praxis sigue siendo una teoría, tan abstracta como la doctrina a la cual se quiere contraponer la praxis.
8. ¿Describir la Iglesia del pasado como una Iglesia exclusivamente interesada en la pureza de la doctrina e indiferente a los problemas reales de la gente, no es una caricatura que no corresponde de ninguna manera a la realidad histórica? Llegar al punto de utilizar ciertas expresiones (n. 49: «en lugar de ofrecer el poder sanador de la gracia y la luz del Evangelio, algunos quieren adoctrinar el Evangelio; transformarlo en piedras muertas para lanzar a los demás; n. 305: «un pastor no puede sentirse satisfecho sólo por aplicar las leyes morales a los que viven en situaciones irregulares, como si fueran piedras que lanzan contra la vida de las personas. Este es el caso de los corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso detrás de las enseñanzas de la iglesia «para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas») es no sólo ofensivo, sino falso y mezquino hacia lo que la iglesia ha hecho y sigue haciendo, incluso entre muchas contradicciones e infidelidades, para la salvación de las almas. En la Iglesia el discernimiento y acompañamiento pastoral (quizás llamado con diferentes nombres y sin hacer demasiadas teorizaciones) siempre estuvieron ahí; sólo que hasta ahora cada uno hacía su oficio: el magisterio enseñaba la doctrina, los teólogos la profundizaban, los confesores y directores espirituales la aplicaban a los casos individuales. Hoy, sin embargo, parece que nadie puede distinguir la especificidad de su propio rol.
9. ¿Transformar las exigencias de la vida cristiana en «ideales» (n. 34; 36; 38; 119; 157; 230; 292; 298; 303; 307; 308) no significa -por lo menos en este caso-, transformar el cristianismo en algo abstracto, peor aún, en una filosofía o incluso una ideología? ¿No significa quizá olvidar que la palabra de Dios es viva y eficaz (Heb 4:12), que la verdad revelada es una «verdad que salva» (Dei Verbum, 7; Gaudium et Spes, n. 28), que el Evangelio «es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Rm 1:16), que «Dios no manda lo imposible; pero cuando manda, advierte hacer lo que se puede y pedir lo que no se puede, y le ayuda para que pueda hacerlo»  (Concilio de Trento, Decreto sobre la justificación, c. 11; Cf..S. Agustín, De natura et gratia, 43, 50)?
10. ¿Estamos seguros de que la «conversión pastoral» (Evangelii gaudium, n. 25), que se reclama a la iglesia hoy en día, sea un bien para ella? Me da la impresión que detrás
de esta conversión hay un malentendido básico, ya presente en el momento de la proclamación del Concilio Vaticano II y que llega hasta el día de hoy: pensar que hoy ya no es necesario que la iglesia tenga cuidado de la doctrina, siendo ésta lo suficientemente clara, conocida y aceptada por todos, y que debemos estar preocupados solamente por la práctica pastoral. Pero ¿estamos seguros de que la doctrina es tan clara, que no requiere más estudio y que se defienda de las interpretaciones erróneas? ¿Estamos realmente seguros de que todo el mundo, hoy en día, conoce bien la doctrina cristiana?
No basta responder a estas preguntas diciendo que existe para ello el Catecismo de la iglesia católica: primero, porque no hay que descontar que todos lo conocen; en segundo lugar, porque incluso si se conoce, no necesariamente es compartida su doctrina. Si bien es cierto que «la misericordia no excluye la justicia y la verdad, debemos decir que la misericordia es la plenitud de la justicia y manifestación más luminosa de la verdad de Dios» (Amoris laetitia, n. 311), es igualmente cierto que «no disminuir en absoluto la enseñanza salvadora de Cristo constituye una forma eminente de caridad hacia las almas» (Humanae vitae, Nº 29; cf. Familiaris consortio, Nº 33; Reconciliatio et paenitentia, # 34; Veritatis splendor, 95). Y el servicio que el magisterio tiene que ofrecer a la iglesia es, ante todo, el servicio de la verdad (Catecismo de la iglesia católica, Nº 890); precisamente enseñando la verdad que salva, el Magisterio asume una actitud pastoral y misericordiosa por las almas. Sólo cuando el Magisterio haya cumplido su tarea principal, los agentes de pastoral, a su vez, podrán formar la conciencia, hacer discernimiento y acompañar a las almas en su camino de vida cristiana.

(*) Nota 329: Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 84: AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir «como hermanos» que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad «puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51).
(**) Nota 351: En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (ibíd, 47: 1039)

Publicado originalmente en el blog del autor como «Salutare autocritica»
(Tomado de Infovaticana.com
 http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=26432).

viernes, 12 de febrero de 2016

Catequesis del Papa sobre el jubileo, el diezmo y la condena de la usura.



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buen camino de cuaresma!
Hoy nos detenemos sobre la antigua institución del «Jubileo», testificada en la Sagrada Escritura. Lo encontramos particularmente en el Libro del Levítico, que lo presenta como un momento culminante de la vida religiosa y social del pueblo de Israel.
Cada 50 años, «en el día de la Expiación» (Lev 25,9), cuando la misericordia del Señor venia invocada sobre todo el pueblo, el sonido del cuerno anunciaba un gran evento de liberación. De hecho, leemos en el Libro del Levítico: «Así santificarán el quincuagésimo año, y proclamarán una liberación para todos los habitantes del país. Este será para ustedes un jubileo: casa uno recobrará su propiedad y regresará a su familia [...] En este año jubilar cada uno de ustedes regresará a su propiedad» (Lev 25, 10.13). Según estas disposiciones, si alguno había sido obligado a vender su tierra o su casa, en el jubileo podía retomar la posesión; y si alguno había contraído deudas y, no podía pagarlas, hubiese sido obligado a ponerse al servicio del acreedor, podía regresar libre a su familia y recuperar todas sus propiedades.
Era una especie de «indulto general», con el cual se permitía a todos de regresar a la situación originaria, con la cancelación de todas las deudas, la restitución de la tierra, y la posibilidad de gozar de nuevo de la libertad propia de los miembros del pueblo de Dios. Un pueblo «santo», donde las prescripciones como aquella del jubileo servían para combatir la pobreza y la desigualdad, garantizando una vida digna para todos y una justa distribución de la tierra sobre la cual habitar y de la cual tomar el nutrimiento. La idea central es que la tierra pertenece originalmente a Dios y ha sido confiada a los hombres (Cfr. Gen 1,28-29), y por eso ninguno puede atribuirse la posesión exclusiva, creando situaciones de desigualdad.
Con el jubileo, quien se había convertido en pobre regresaba a tener lo necesario para vivir, y quien se había hecho rico restituía al pobre lo que le había quitado. El fin era una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, donde la libertad, la tierra y el dinero se convirtieran en un bien para todos y no solo para algunos. De hecho, el jubileo tenía la función de ayudar al pueblo a vivir una fraternidad concreta, hecha de ayuda recíproca. Podemos decir que el jubileo bíblico era un «jubileo de misericordia», porque era vivido en la búsqueda sincera del bien del hermano necesitado.

Diezmo

En la misma línea, también otras instituciones y otras leyes gobernaban la vida del pueblo de Dios, para que se pudiera experimentar la misericordia del Señor a través de aquella de los hombres. En esas normas encontramos indicaciones validas también hoy, que nos hacen reflexionar. Por ejemplo, la ley bíblica prescribía el pago del «diezmo» que venía destinado a los Levitas, encargados del culto, los cuales no tenían tierra, y a los pobres, los huérfanos, las viudas (Cfr. Deut 14,22-29). Se preveía que la décima parte de la cosecha, o de lo proveniente de otras actividades, fuera dada a aquellos que estaban sin protección y en estado de necesidad, así favoreciendo condiciones de relativa igualdad dentro de un pueblo en el cual todos deberían comportarse como hermanos.
Estaba también la ley concerniente a las «primicias», es decir, la primera parte de la cosecha, la parte más preciosa, que debía ser compartida con los Levitas y los extranjeros (Cfr. Deut 18, 4-5; 26,1-11), que no poseían campos, así que también para ellos la tierra fuera fuente de nutrimiento y de vida. «La tierra es mía, y ustedes son para mí como extranjeros y huéspedes (Lev 25,23). Somos todos huéspedes del Señor, en espera de la patria celeste (Cfr. Heb 11,13-16; 1 Pe 2,11)», llamados a hacer habitable y humano el mundo que nos acoge. ¡Y cuantas «primicias» quien es afortunado podría donar a quien está en dificultad! Primicias no solo de los frutos de los campos, sino de todo otro producto del trabajo, de los sueldos, de los ahorros, de tantas cosas que se poseen y que a veces se desperdician.
Y justamente pensando en esto, la Sagrada Escritura exhorta con insistencia a responder generosamente a los pedidos de préstamos, sin hacer cálculos mezquinos y sin pretender intereses imposibles: «Si tu hermano se queda en la miseria y no tiene con qué pagarte, tú lo sostendrás como si fuera un extranjero o un huésped, y él vivirá junto a ti. No le exijas ninguna clase de interés: teme a tu Dios y déjalo vivir junto a ti como un hermano. No le prestes dinero a interés, ni le des comidas para sacar provecho» (Lev 25,35-37). Esta enseñanza es siempre actual. ¡Cuántas situaciones de usura estamos obligados a ver y cuánto sufrimiento y angustia llevan a las familias! Es un grave pecado que grita en la presencia de Dios. El Señor en cambio ha prometido su bendición a quien abre la mano para dar con generosidad (Cfr. Deut 15,10).
Queridos hermanos y hermanas, el mensaje bíblico es muy claro: abrirse con valentía al compartir. Entre conciudadanos, entre familias, entre pueblos, entre continentes. Contribuir en realizar una tierra sin pobres quiere decir construir una sociedad sin discriminación, basada en la solidaridad que lleva a compartir cuanto se posee, en una distribución de los recursos fundada en la fraternidad y en la justicia.

Vaticano, Miércoles de ceniza, 10 de febrero 2016

viernes, 23 de octubre de 2015

El cardenal Francis Arinze, de Nigeria, defendió vehementemente la Fe Católica frente a la propuesta presentada por un padre sinodal quien, la semana pasada, dijo que es «irreal» para los divorciados y vueltos a casar el abstenerse de la actividad sexual -lo que la Iglesia, siguiendo a Cristo, llama «adulterio»-.




(Life Site News) El cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Berlín y uno de los principales asesores del papa Francisco, ha dicho que tal actividad debe ser juzgada de acuerdo a un «contexto vivido», y que dichas personas deben tener la posibilidad de recibir la Santa Comunión.
El cardenal Arinze, sin embargo, le dijo a LifeSiteNews en una entrevista:
«Los Diez Mandamientos nos han sido dados por Dios. ¿Tenemos alguna autoridad para decir que es irreal esperar que la gente guarde los Mandamientos? No sólo ya el Sexto y el Noveno, también el Quinto (que concierne al aborto y la matanza de personas inocentes, por ej.) o el Séptimo (que prohíbe robar, aunque sean pequeñas sumas de dinero)»
El cardenal, Prefecto Emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, añadió:
«No podemos seguir el razonamiento de que (la abstención sexual para divorciados vueltos a casar) es irreal. Pueden decir que no es fácil, lo acepto. Cristo nunca nos prometió que sería fácil seguirle. Él dijo que los que quisieran ser sus discípulos debían tomar su cruz diariamente y seguirle».
La semana pasada, el cardenal Marx dijo a obispos de todo el mundo reunidos en el Sínodo sobre la Familia, en Roma, que «debemos considerar seriamente» admitir al sacramento de la Santa Comunión a los católicos civilmente divorciados y vueltos a casar que han decidido vivir un nuevo matrimonio «canónicamente válido».
En su discurso sostuvo que «no sólo se trata de que el consejo de abstenerse del acto sexual en una nueva relación les parezca irreal a muchos. También es cuestionable que las relaciones sexuales puedan ser juzgadas independientemente del contexto vivido». LifeSiteNews le solicitó al Cardenal Francis Arinze que respondiera a esta afirmación, sin revelarle su autor.
Arinze sostuvo que «esta posición busca en última instancia permitir a la gente que rechace las leyes de Dios directamente. Si podemos decir a los divorciados vueltos a casar que no deben seguir el mandamiento concerniente a no cometer adulterio, entonces ¿qué nos impide decir al resto de las personas que ya no deben respetar los restantes?»
El cardenal africano agregó que «de esa manera, puedes también decirle al oficinista cuya secretaria es una bella señorita que (si se sienten atraídos) es irrazonable pedirles que se mantengan castos. Igualmente, sería irreal solicitarle a la gente que sea honesta cuando tenga la ocasión de apropiarse de dinero del gobierno o de la propiedad ajena».
«Si dices que no podemos esperar que las personas sean castas, que se abstengan de las relaciones sexuales, en esas situaciones (divorcio civil y nuevo matrimonio) entonces estás desafiando la enseñanza fundamental que dice que las relaciones sexuales sólo son admisibles entre una mujer y un varón dentro de un matrimonio válido, que entre otras dos personas es incorrecto, sean estas heterosexuales u homosexuales. Es incorrecto porque va en contra del orden establecido por Dios, el Creador».
El cardenal Arinze dijo que la posición católica sobre el matrimonio y sobre la norma moral que prohíbe el adulterio no es una invención humana susceptible de enmienda, si no que se trata de una «Ley Divina» cuyo autor es Dios y por lo tanto no puede ser alterada.
«No puedes decir que existe alguna situación que Cristo no haya podido prever. Tampoco puedes decirnos que eres más sabio que Cristo y que puedes cambiar lo que Él dijo. En ese caso te preguntaremos ¿Quién te crees que eres? ¿Te crees más grande que Cristo?» dijo el purpurado africano.
Arinze mantuvo que nadie, ni siquiera el Papa, tiene el poder de cambiar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y el adulterio.
«El matrimonio no es una invención humana. Dios creó a Adán y dijo no es bueno que el hombre esté solo, entonces creó a Eva. El primer hombre y la primera mujer fueron creados por Dios, lo que implica que el matrimonio también proviene de sus manos creadoras. No es el Papa quien lo inventó de esta forma, no fueron las Naciones Unidas, ni tampoco el parlamento de ninguna nación (por más fuerte que ésta pudiera ser). Esto implica que nadie tiene el derecho, ni el poder, para reinventar el matrimonio».

Católicos divorciados y vueltos a casar están viviendo en pecado

Arinze dijo que aquellos católicos que están divorciados civilmente y vueltos a casar se encuentran «técnicamente en una situación de pecado, aunque sus consciencias los excusen».
«Existe una cosa llamada situación de pecado mortal. El pecado mortal es el total alejamiento de Dios. Es algo terrible. Puede darse en referencia a cualquiera de los Mandamientos, no sólo al sexto y al noveno» .Mantuvo el nigeriano. Además agregó que alguien que se encuentra en situación de pecado mortal no es merecedor de recibir a Jesús en la Santa Comunión.
«En ese caso, es la persona quién se descalifica a sí misma para recibir la Santa Comunión por mantenerse en estado de pecado mortal. El catecumenado más simple indica que la primera condición para poder comulgar de manera fructífera es la de estar en Estado de Gracia».
«Si la persona se encuentra en situación de pecado mortal y recibe la Sagrada Comunión, ciertamente recibe a Cristo, pero ninguna gracia… Y no sólo no recibe ninguna gracia, sino que la persona comete sacrilegio además de todos los otros pecados que ya había cometido».
«Ese es el caso en el cual San Pablo dice que la persona se examine; aquel que recibe inmerecidamente recibe el juicio en su contra. Eso es bastante severo». dijo Arinze.

Saliendo del pecado

El prelado dijo que recibir a Jesús en la Sagrada Comunión cuando se está en estado de pecado mortal nunca puede ser una ayuda para que la persona salga del pecado.
«Para salir del pecado el sacramento necesario es la Penitencia, aquel que conocemos popularmente como Confesión. Vas con el sacerdote, aceptas haber hecho mal, dices que fue por tu culpa y que estás determinado a cambiar, con la Gracia de Dios. Entonces recibes el perdón de Dios. Eso es lo que ayuda».
«Pero si una persona se encuentra en pecado mortal y no tiene ninguna intención de abandonar esa situación, entonces recibir la Sagrada Comunión no ayuda a esa persona a ser mejor, porque el sacrilegio que comete se ve agregado a la suma de pecados que ya poseía anteriormente», dijo Arinze.
El cardenal dijo que vivir la Fe Católica auténticamente no se trata de «nuestra apariencia frente a otras personas» sino de «lo que Dios piense de nosotros».
«Todo lo que hemos dicho es acerca de lo bueno y lo malo objetivamente» nos dijo, y agregó que Dios, y sólo Dios, puede juzgar si una persona es culpable de los pecados que él o ella haya cometido.
«Ni siquiera un grupo de cardenales puede juzgar eso. Dios no necesita de nuestra ayuda para juzgar eso. Así que, ya ven, (en la Religión Católica) todo se trata de la honestidad y la apertura frente a Dios, no de lo que las otras personas piensen de nosotros», concluyó el cardenal Arinze.
Traducido por Santiago Tognacca, del Equipo de Traductores de InfoCatólica. (Tomado de Infocatólica. 23/10/2015).

domingo, 26 de abril de 2015

Existe un estilo cristiano de habitar la web: el que está marcado por la caridad.


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Entrevistas
(Zenit/Jorge Enrique Mújica)

No han pasado muchos años desde que internet comenzó a mundializarse. La tecnología ha crecido a un ritmo acelerado, pero parece que la ética que debe acompañar ese crecimiento se ha quedado rezagada. ¿Es así? ¿Hay un divorcio entre ética y tecnología, especialmente en el ambiente digital?

La tecnología vertebra en gran medida la vida de los hombres y mujeres de hoy, y debemos aprender a contar con ella y encauzarla para que su uso nos ayude a desarrollarnos positivamente como personas. La forma más adecuada de hacerlo es aprender a vivir las virtudes en ese ámbito, en lugar de descalificar una realidad que, por otra parte, no está necesariamente predeterminada al mal. Todos nosotros hemos sido testigos de cómo el progreso, en manos equivocadas, puede convertirse, y se ha convertido de hecho, en un avance terrible en el mal. Si el progreso técnico no se corresponde con un desarrollo en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cfr. Ef 3,16; 2 Co 4,16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo. Efectivamente, se presenta un peligro cuando el progreso técnico no encuentra contrapeso en la reflexión y la responsabilidad, cuando el hombre se pregunta sólo por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar. Son muchos los autores que nos previenen de este peligro. Lamentablemente, con frecuencia, al imperativo ético «si debes, puedes», los intereses comerciales intentan instaurar lo opuesto: «si puedes, debes». Es casi imposible rechazar la innovación tecnológica pero no puede llevarnos a olvidar que su uso debe ser virtuoso: éste será siempre el mejor comportamiento ético. No todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede hacer se debe hacer. No todos los avances tecnológicos o todas las funcionalidades van bien a todas las personas. Hay que pensar. Poco a poco la sociedad va estableciendo normas básicas de «etiqueta digital», lo mínimo para comportarse bien. Pero esto no basta; conviene preguntarse en cada caso: «esto a mí ¿qué me aporta o qué me dificulta?», y actuar en consecuencia. Ahora bien, no se pueden establecer reglas predeterminadas para todas las personas, sino que cada uno debe ver qué cosas le convienen, no sólo porque facilitan su trabajo, sino porque mejoran su relación con los demás y con Dios.

No es muy común encontrarse con tesis doctorales que desde la teología aborden las redes sociales. De suyo, la literatura especializada en este campo es más bien escasa. ¿Por qué elegir este camino? ¿Qué aportan las redes sociales a la teología y qué la teología a las redes sociales?

Es cada vez más amplio el número de académicos que estudian el fenómeno, aunque los enfoques son muy diversos. Hay quienes, como Clay Shirky («Cognitive surplus») o Andy Clark («Supersizing the mind»), destacan las fuerzas revolucionarias de la democratización de la información y la expansión de la conciencia que ha implicado el desarrollo tecnológico. Mientras que otros, como Nicholas Carr («Superficiales») o Sherry Turkle («Alone together») lamentan la pérdida de capacidad de reflexión y de sociabilidad en el mundo real y defienden la superioridad de las formas anteriores de transmisión cultural. Pienso que para entender el papel del hombre con respecto a la tecnología de la comunicación, y en concreto las redes sociales, son muy enriquecedoras las aportaciones de Benedicto XVI. La mayor parte de sus escritos relativos al tema están concentrados en los mensajes a las Jornadas Mundiales de las Comunicaciones Sociales. Ha sido una de las principales fuentes para este trabajo de investigación que fue dirigido en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma. Me parece que el estudio permite conjeturar que la principal motivación para usarlas es el carácter relacional que tienen y que potencian, la necesidad de incrementar las formas de relacionarse con otras personas, la facilidad para estar en constante contacto con amigos o familiares. Por lo tanto, no es desatinado afirmar que las redes sociales son una respuesta contemporánea a una realidad muy humana: la necesidad del otro. La necesidad de socializar responde a la naturaleza humana. Puede variar en sus formas según los tiempos, pero es siempre una manifestación del hombre modelado a imagen y semejanza de Dios. En este sentido se podría afirmar que las redes sociales ponen de relieve el aspecto social del ser humano.

En su tesis doctoral habla de que Dios puede querer decirnos algo ante este apogeo de lo digital. ¿Cuál sería ese mensaje?

La tecnología está cada vez más presente en el día a día de una buena parte de la humanidad. El fácil acceso a teléfonos móviles y computadoras, unido a la dimensión global y a la presencia capilar de Internet, han multiplicado los medios para enviar instantáneamente palabras e imágenes a grandes distancias, en pocos segundos. De esta nueva cultura de comunicación se derivan muchos beneficios: las familias pueden permanecer en contacto aunque sus miembros estén muy lejos unos de otros; los estudiantes e investigadores tienen acceso fácil e inmediato a documentos, fuentes y descubrimientos científicos; etc. Además, la naturaleza interactiva de los nuevos medios facilita formas más dinámicas de aprendizaje y de comunicación que contribuyen al progreso social. Nos queda mucho por trabajar, empezando por cubrir la brecha digital (en este sentido es muy valiosa la iniciativa del Papa de Scholas Occurrentes). La necesidad del otro, la posibilidad de estar conectados con las personas que queremos, sin importar las distancias, la fabulosa capacidad de dar información valiosa –y qué más valioso que la Buena Nueva– a un gran número de personas, son muchas de las ventajas de las que podemos gozar hoy en día para construir un mundo mejor.

La tesis doctoral en la que ha trabajado durante varios años se propone ofrecer pautas para el comportamiento cristiano en las redes sociales. ¿Hay un estilo cristiano de habitar la web?

Claro que existe un estilo cristiano de habitar la web: es el que está marcado por la caridad, por el amor a Dios y a los demás, empezando por los que tenemos más cerca. Por esto, es oportuno reflexionar sobre cómo estas tecnologías nos afectan en la vida diaria, cómo cambian nuestro trato con los demás y, por supuesto, cómo influyen en nuestra relación personal con Dios. Por ejemplo, es importante proteger algunos momentos de silencio a lo largo del día para cultivar el trato con Dios. San Juan Pablo II hablaba de «zonas de silencio efectivo y una disciplina personal, para facilitar el contacto con Dios». Recientemente, el Papa Francisco ha dicho: «hoy, los medios de comunicación más modernos, que son irrenunciables sobre todo para los más jóvenes, pueden tanto obstaculizar como ayudar a la comunicación en la familia y entre familias». Se impone, por tanto, la necesidad de aprender a utilizar los instrumentos de comunicación, para que realmente sean medios que unan a las personas, y no obstáculos que las separen y lleven al aislamiento. Es una tarea que no puede reducirse al seguimiento de unas reglas, sino que implica el desarrollo de actitudes personales y hábitos positivos: se trata, en definitiva, de aprender a vivir las virtudes en el mundo digital. La Iglesia como maestra de humanidad, tiene mucho que decir al mundo y, frente al progreso técnico, no aconseja solamente prudencia y precaución, sino también valor y decisión. El crecimiento en las virtudes es el único camino que permitirá llevar a la práctica este consejo.

Dado que su investigación se centra especialmente en las virtudes cardinales y su relación con las redes sociales (especialmente la virtud de la prudencia), qué aportación, línea de acción o relación guardan éstas con el uso de las redes sociales. ¿Se puede hablar de un uso «virtuoso» de las redes sociales o de un modo virtuoso de relacionarse en ellas?

Aunque la caridad siempre será la virtud más importante, debemos resaltar la primacía de la prudencia entre las virtudes humanas necesarias para actuar de forma coherente en el mundo digital. La prudencia en relación con las redes sociales está presente desde el primer momento, ya que es necesario dilucidar previamente si realmente constituye una mejora para la propia vida, si resulta necesario o conveniente participar o no; y determinar en cuál o cuáles vale la pena disponer de un perfil, etc. Cada red social tiene su propia dinámica de funcionamiento que es preciso entender antes de comenzar a interactuar. También constituye un comportamiento maduro ponderar con qué medios o dispositivos se va a revisar o publicar. La forma de interactuar dentro de la plataforma también deberá estar marcada por la prudencia, que en muchas ocasiones aconseja focalizar la atención más en la calidad de las propias conexiones que en la cantidad. Es más importante seleccionar temas sobre los que valga la pena escribir, y reflexionar sobre ellos lo suficiente para que las aportaciones sean valiosas, que decir muchas cosas insignificantes a gran velocidad. Serán actos de prudencia: cancelar o silenciar contactos de la lista propia cuando estos compartan información que puede ser nociva o molesta; revisar las opciones de privacidad para saber quiénes puedes ver los contenidos que publicamos; cuidar las normas de etiqueta digital (no escribir en mayúsculas, no utilizar palabras mal sonantes, no publicar fotografías personales o de terceros que sean molestas, etc.). También será un acto de la prudencia desarrollar algunas capacidades prácticas que vienen del conocimiento técnico, ya que nos preparan para aprovechar más eficazmente la red social. Para formar la virtud de la prudencia es indispensable pedir consejo y, en los medios digitales, es tal vez más importante encontrar un buen consejero. Dice santo Tomás de Aquino que incluso «es una nota de excelencia contar con otras personas que puedan ayudarnos». Siempre cabe pedir a alguien con criterio que consulte nuestro perfil o nuestras interacciones para hacernos sugerencias y recomendaciones: no se trata de un «control externo», sino simplemente de dejarnos ayudar en nuestra vida en los ambientes digitales para ir formando criterio.

En algunos momentos de su tesis habla de la «santificación» de las redes sociales. ¿A qué se refiere con esto?

Me refiero a que las redes sociales no son una mera herramienta que mejora la extensión y el nivel de la comunicación, sino que, en cierta manera, han pasado a constituir un ambiente, un lugar. Se han convertido en uno de los tejidos conectivos de la cultura, a través del cual se expresa la identidad, se desarrolla el trabajo y nos relacionamos unos con otros. Por lo tanto, podríamos añadir que parte de la tarea del cristiano que participa en ellas será santificarlas, pues también deben ser un espacio para expresar con alegría y naturalidad su identidad cristiana.

jueves, 30 de octubre de 2014

Se quiere decidir el momento de la muerte.

A FAVOR DE LA EUTANASIA
Jueves 30 de Octubre del 2014
Brittany: "Quizás no sea el momento adecuado de morir"
La joven de 29 años con cáncer cerebral, que anunció que moriría este sábado 1 de noviembre, difundió un nuevo video en el que dice que quizás postergue la decisión.
A menos de 48 horas de la muerte que planeó, Brittany Maynard difundió un nuevo video en el que vuelve a defender su derecho a una muerte digna, pero dice que "ahora no parece ser el momento indicado" para ella, quien desde el 1° de enero último lucha contra un cáncer cerebral.
"Así que si llega el 2 de noviembre y he muerto, espero que mi familia todavía esté orgullosa de mí y de las decisiones que tomé ", comienza el video difundido anoche por Compassion & Choices, una ONG que busca una legislación nacional para la muerte misma, y la plataforma desde la que Brittany anunció a comienzos de mes que había decidido morir el 1° de noviembre.

"Y si llega el 2 de noviembre y todavía estoy viva, sé que simplemente vamos a seguir avanzando como una familia, muertos de amor los unos por los otros y que esa decisión llegará más adelante", dice Brittany, muy emocionada, en el video grabado 13 de octubre y el 14 en su casa en Portland, Oregon, estado al que se mudó a mitad de año porque es uno de los cinco distritos donde la muerte digna tiene un marco legal.

Maynard, de 29 años, fue diagnosticada con un glioblastoma multiforme en estadio IV, una de las formas más agresivas de cáncer cerebral terminal. En abril, los médicos le dieron seis meses de vida. A comienzos de este mes, tomó la decisión, y la hizo pública, de morir el 1° de noviembre en su cama después de tomar medicamentos prescriptos por sus médicos.

"Cuando la gente me critica por no haber esperado más tiempo, o, ya saben, todo lo que ellos han decidido que es mejor para mí, me duele -expresa Brittany- porque realmente, me arriesgo todos los días, todos los días que me despierto".

Brittany Maynard en un fragmento del video. Foto: Captura de Youtube
"Y lo hago porque todavía me siento lo suficientemente bien, y todavía tengo suficiente alegría, y todavía río y sonrío lo suficiente con mis amigos y familia, que no parece ser el momento adecuado justo ahora", subraya.

"Pero va a llegar, porque siento que cada vez estoy más enferma. Sucede cada semana", argumenta.

"Todavía salgo y hago lo que puedo, camino con mi familia, mi marido, mis perros y otras cosas que me dan las grandes sensaciones de salud que tengo en estos días. Pero realmente desde el 1° de enero, que fue cuando me diagnosticaron, parece que cada vez me pongo peor, pero creo que es lo que pasa cuando tenés una enfermedad terminal, es que estás cada vez más enferma".

Lo peor que me puede pasar es que espere demasiado tiempo
"Lo peor que me puede pasar es que espere demasiado tiempo porque estoy tratando de aprovechar cada día", dice ella, mientras en el video aparecen imágenes de su vida cotidiana "pero de alguna manera he perdido mi autonomía por mi enfermedad, debido a la naturaleza de mi cáncer"

Brittany explica en el video que su salud ha ido empeorando, y cuenta el caso de un día cercano a la fecha de grabación del video y al que califica de "terrorífico". Ella tuvo dos convulsiones ese día, y se encontró incapaz de decir el nombre de su marido. "Sé que este es mi marido pero no puedo decir su nombre", pensó en ese momento, y debió ser internada.

"Creo que a veces la gente me mira y piensa «Bueno no te ves tan enferma como decís que estás», lo cual duele escuchar, porque cuando estoy teniendo un ataque de convulsiones y después no puedo hablar, definitivamente me siento tan enferma como estoy", dice.

Luego, en el momento más emotivo del video, Brittany se quiebra al contar cómo le gustaría que fuera la vida de su familia después de su muerte.

Si todos mis sueños se volvieran realidad, de alguna manera sobreviviría a esto, pero muy probablemente no suceda
"Si todos mis sueños se volvieran realidad, de alguna manera sobreviviría a esto -dice, mientras su llanto la interrumpe- pero muy probablemente no suceda".

"Entonces, más allá de eso, como hija única de mi madre, quiero que ella se recupere de todo esto y que no caiga, que no sufra depresión. Y mi marido es un hombre tan adorable, sé que todos necesitas tener su duelo, pero quiero que sea feliz, quiero que tenga una familia. Sé que ahora nosotros lo somos, pero no hay parte de mí que no quiera que viva el resto de su vida extrañando a su mujer. Quiero que siga adelante y se convierta en padre", señala.

Entre las palabras de Brittany también aparecen las de su madre, Debbie Ziegler, y su marido, , Dan Diaz, a lo largo del video, donde dan muestras de apoyo a la decisión de la joven

"No es mi trabajo decirle cómo tiene que vivir y no es mi trabajo decirle cómo morir. Mi trabajo es amarla durante este proceso", dice la madre.

Mientras tanto, su marido dice que están llevando adelante su vida "día a día". "Es la única manera de pasar por esto. Vos sacás todo lo material, todo el sinsentido del que parecemos agarrarnos como sociedad y te dás cuenta que esos momentos son los que realmente importan",

miércoles, 22 de octubre de 2014

El Evangelio no es un museo, no es un código penal, no es un código de doctrinas y mandamientos. Es una realidad viviente en la Iglesia.

El Mundo
Una semana antes del sínodo de la familia, el influyente cardenal alemán, cercano al Papa y que promueve la comunión de los divorciados, dijo que hay miedo a un "debate abierto"
Por   | LA NACION
"El Evangelio no es un museo, no es un código penal, no es un código de doctrinas y mandamientos. Es una realidad viviente en la Iglesia y nosotros tenemos que caminar con todo el pueblo de Dios y ver cuáles son sus necesidades. Algunos cardenales temen que haya un efecto dominó y que, si se cambia un punto, todo colapse."
Cuando falta una semana para el comienzo del sínodo extraordinario de obispos sobre los desafíos de la familia, marcado al rojo vivo por la cuestión de los divorciados vueltos a casar, el cardenal alemán Walter Kasper, favorable a una apertura, dijo en una entrevista con la nacion que "hay miedo a un debate abierto". Y subrayó que, si bien "la doctrina no puede cambiar, la disciplina sí puede".
Kasper es un teólogo de gran prestigio internacional y muy cercano a Francisco, que en su primer Angelus elogió el libro sobre la misericordia que escribió y que le había regalado durante el cónclave. Recientemente fue atacado por un grupo de cardenales conservadores que, en un libro que significativamente sale a la venta el 1° de octubre (titulado Permanecer en la verdad de Cristo. Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica), rechazan en forma tajante su apertura hacia los divorciados vueltos a casar. Según Kasper, después de un camino penitencial, bajo la supervisión de un sacerdote y luego de su absolución, éstos podrían ser readmitidos a la comunión.
Durante la entrevista en un departamento lleno de libros del Vaticano, Kasper, presidente emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad Cristiana, lamentó que, debido al revuelo sobre este tema, se haya reducido el sínodo a la cuestión de los divorciados vueltos a casar. "Ése es un problema, pero no el único. La agenda del sínodo es mucho más amplia y tiene que ver con los desafíos pastorales de la vida de la familia de hoy. Algunos medios dicen que habrá un gran avance y empezaron una campaña para eso. Yo también espero que haya una apertura responsable, pero es una cuestión abierta, que deberá ser decidida por el sínodo. Pero hay que ser prudentes, porque si después no sucede, la reacción será de gran desilusión".
-Algunos cardenales y obispos parecen asustados ante esa posibilidad y la rechazan incluso antes del comienzo del sínodo. ¿Por qué cree que hay tanto miedo a una evolución de la disciplina de la Iglesia?
-Creo que temen un efecto dominó, que si uno cambia un punto, todo colapse. Ése es su miedo. Todo esto se vincula con la ideología, una interpretación ideológica del Evangelio, pero el Evangelio no es un código penal. Como el Papa dijo en la exhortación apostólica "Evangelii Gaudium", citando a Santo Tomás de Aquino, el Evangelio es una gracia del Espíritu Santo que se manifiesta en la fe que obra por el amor. Ésa es una interpretación distinta. No es un museo. Es una realidad viviente en la Iglesia y nosotros tenemos que caminar con todo el pueblo de Dios y ver cuáles son sus necesidades. Luego, debemos hacer un discernimiento a la luz del Evangelio, que no es un código de doctrinas y mandamientos. No podemos simplemente tomar una frase del Evangelio de Jesús y de ahí deducirlo todo. Hace falta una hermenéutica para entender todo el mensaje del Evangelio y luego diferenciar qué es doctrina y qué disciplina. La disciplina puede cambiar. Por eso me parece que acá tenemos un fundamentalismo teológico que no es católico.
-¿Usted dice entonces que no se puede cambiar la doctrina, pero sí la disciplina?
-La doctrina no puede cambiar. Nadie niega la indisolubilidad del matrimonio. Pero la disciplina sí puede cambiar y ya ha cambiado varias veces, como vemos en la historia de la Iglesia.
-¿Cómo se sintió cuando se enteró de que se estaba por publicar un libro de cinco cardenales que atacan su postura?
-Todo el mundo es libre de expresar su opinión, no es un problema para mí. El Papa quería un debate abierto, y creo que esto es una novedad y es algo sano que ayuda mucho a la Iglesia.
-¿Hay miedo entre algunos cardenales porque, como dijo el Papa, hay una construcción moral que podría colapsar como un castillo de naipes?
-¡Sí, es una ideología, no es el Evangelio!
-¿Hay miedo a una discusión abierta en el sínodo?
-Sí, porque temen que todo pueda colapsar. Pero, primero de todo, vivimos en una sociedad abierta y plural, y es bueno para la Iglesia que haya una discusión abierta, como tuvimos en el Concilio Vaticano II (1962-65). También es bueno para la imagen de la Iglesia, porque una Iglesia cerrada no es una Iglesia sana. Por otra parte, cuando debatimos sobre matrimonio y familia, debemos escuchar a la gente que vive esta realidad. Hay un sensus fidelium [el sentido de los fieles]. No puede ser decidido sólo desde arriba, desde la jerarquía de la Iglesia, y especialmente no se pueden citar viejos textos del último siglo, hay que observar la situación de hoy, hacer un discernimiento del espíritu y llegar a resultados concretos. Yo pienso que ésta es la aproximación del Papa, mientras que muchos otros parten de la doctrina y usan después un método más deductivo.
-En una entrevista con un medio italiano usted dijo que el blanco verdadero de los ataques de los cinco cardenales conservadores no es usted, sino el Papa...
-Quizá fui imprudente. Pero mucha gente lo está diciendo, se puede oír en la calle todos los días. No quiero juzgar a nadie, pero es obvio que hay gente que no está totalmente de acuerdo con este papa, algo que no es nuevo y ya sucedió durante el Concilio Vaticano II, cuando muchos estaban en contra al aggiornamento de Juan XXIII y Pablo VI.
-Muchos analistas piensan que no es una coincidencia que este libro salga justo en vísperas del sínodo...
-Sí, es un problema. No recuerdo una situación semejante, en la que de forma tan organizada cinco cardenales escribieran semejante libro. Es como se manejan los políticos, pero creo que en la Iglesia no deberíamos portarnos así.
-¿Qué espera del sínodo?
-Creo que mucho depende de cómo el mismo Papa abrirá el sínodo. Él no puede darnos una solución al principio, pero sí una perspectiva, una dirección. Espero que haya una discusión serena y amistosa de todos los problemas vinculados a la familia, no sólo uno. Y creo que lograremos un gran consenso, como tuvimos en el Concilio Vaticano II.
-En los últimos días, el Papa habló varias veces de la misericordia, dijo que hay que captar los "signos de los tiempos", que los pastores deben estar cerca de la gente, por lo que parece muy claro qué es lo que quiere...
Sí, leer los signos de los tiempos fue fundamental durante el Concilio Vaticano II. No puedo imaginarme que la mayoría del sínodo en este punto pueda oponerse al Papa.
-Sobre la cuestión de los divorciados vueltos a casar: ¿la comunión es un premio para quien es perfecto o es una ayuda al pecador?
-La comunión tiene un efecto sanador. Y especialmente la gente que vive en situaciones difíciles necesita la ayuda de la gracia y necesita los sacramentos.
-Otra solución sería anular en forma más rápida los matrimonios.
-Hay situaciones en las que la anulación es posible. Pero tome el caso de una pareja con diez años de matrimonio, con chicos, que en los primeros años tuvo un matrimonio feliz, pero por diversas razones fracasa. Este matrimonio era una realidad y decir que era canónicamente nulo no tiene sentido.

Un teólogo progresista

Walter Kasper
Cardenal
Edad: 81 años
Origen: Alemania

  • Creado cardenal por Juan Pablo II, Kasper es presidente emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos
  • El cardenal le regaló a Bergoglio su libro Misericordia antes del cónclave en el que fue elegido papa. Francisco lo citó en su primer Angelus
  • De tendencia progresista, es autor de numerosas publicaciones y goza de un gran prestigio como teólogo a nivel internacional
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martes, 21 de octubre de 2014

La democracia entra a formar parte de la formulación doctrinal de la Iglesia. ¿La doctrina de la Iglesia es democratica?.

El arzobispo rector de la UCA acusa a prelados «fanáticos» de usar un tono agresivo, irritado y amenazante

El arzobispo Víctor Manuel Fernández, rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA), que participó de la redacción tanto del mensaje final como de la Relatio Synodi de la III Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Familia, que concluyó el domingo en el Vaticano, destacó que «ésta fue sólo una etapa en el camino, y la mayoría siente que se ha dado un gran paso, que se ha inaugurado un nuevo modo de encarar los temas, con libertad y claridad». El prelado acusar a cardenales participantes en el Sínodo de usar un tono «agresivo, irritado, amenazante, no sólo dentro del aula del sínodo, sino en los pasillos».

(Aica/La Nación) El prelado rechazó que pueda considerarse «una derrota» del Papa, como interpretaron algunos, que no se haya obtenido consenso sobre tres puntos de los 62 de la Relatio Synodi, precisamente los que referían a los homosexuales y a los divorciados en nueva unión.
«Lo que el Papa espera es una mayor apertura pastoral de ministros con olor a oveja, capaces de sufrir con la gente», precisó en una entrevista del diario La Nación.

Éste fue su primer sínodo: ¿qué es lo que más lo impactó?

Me impactó poder discutir con gente de todo el mundo. A mi lado se sentaba el presidente de la Conferencia Episcopal de la India y del otro lado, el de Vietnam. Salí muy enriquecido, y creo que ahora puedo encarar distintos asuntos con una riqueza de perspectivas mucho mayor. También me impactó que el Papa nos rogara hablar con plena sinceridad y claridad sin tenerle miedo «a nadie». Me deslumbró su paciencia para estar varios días sentado de la mañana a la noche escuchando atentamente a todos. Mientras alguno roncaba y otros se quejaban del dolor de espalda, él miraba, sonreía, anotaba. Los obispos que participaron en sínodos anteriores están felices, porque dicen que durante estos días se ha podido discutir con los pies sobre la tierra y se han puesto sobre la mesa cuestiones que en los últimos años no se planteaban de manera muy directa. Nadie se privó de hablar de las dificultades concretas que hay en los distintos lugares para vivir todo lo que la Iglesia enseña.

¿Se esperaba que hubiera tanta división respecto de la cuestión de los divorciados vueltos a casar?

En realidad yo pensaba que este tema ni siquiera se iba a tratar, o que sólo se lo iba a mencionar de paso, porque había muchos otros asuntos que nos preocupaban más. Lo llamativo es que la posibilidad de que algunos divorciados vueltos a casar pudieran comulgar fuera planteada por muchos obispos. Yo no hablaría de división, porque quienes lo plantearon lo hicieron con mucha prudencia, dejando bien clara la indisolubilidad matrimonial, y quienes se oponían lo hacían pensando en el bien de las familias y de los hijos. Sólo había un grupo de seis o siete muy fanáticos y algo agresivos, que no representaban ni el 5% del total.

¿Cómo explica la marcha atrás que hubo en el tema de los homosexuales, que en el borrador tenían «cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana» y que en el documento final dice que deben ser acogidos «con respeto y delicadeza», en un párrafo que no alcanzó el quórum necesario?

-En realidad, después del trabajo de los círculos menores, parecía que el consenso estaba en no tratar este tema ahora, porque lo que interesaban eran las cuestiones más directamente relacionadas con la familia y habría muchas otras cuestiones igualmente importantes que no había tiempo de tratar. Por eso, en el documento final quedó sólo un breve párrafo que rechaza la discriminación. El hecho de que ese breve párrafo no haya logrado los dos tercios no se explica por un voto negativo de sectores muy conservadores, sino también por un voto negativo de algunos obispos más sensibles al tema que no quedaron conformes con lo poco que se dijo. En cambio, alcanzó los dos tercios el párrafo que rechaza las presiones internacionales sobre los países pobres para que tengan una ley de matrimonio homosexual. ¿Por qué? Aquí pesó la experiencia africana, ya que los obispos africanos narraban que en varios de sus países quienes se declaran homosexuales son impunemente torturados, asesinados o encarcelados, y sin embargo los gobiernos, por las presiones internacionales, sólo se preocupan por tener una ley de matrimonio homosexual. Quizá nos habría faltado decir, al menos, con el papa Francisco: «¿Quiénes somos nosotros para juzgar a los gays?». Muchas cosas podrían haber madurado mejor con más tiempo, pero se dio una fuerte prioridad a la escucha mutua, pensando que ésta era sólo una primera etapa exploratoria.

Hay sectores que definen el sínodo como «una derrota» para Francisco justamente porque no tuvieron la mayoría necesaria requerida para ese párrafo y otros dos párrafos sobre los divorciados vueltos a casar, aunque sí tuvieron mayoría absoluta. ¿Usted qué opina?

De ninguna manera es una derrota. Lo que el Papa espera es una mayor apertura pastoral de ministros «con olor a oveja», capaces de sufrir con la gente. Él nunca propuso una solución concreta, pero aceptó que el tema se planteara y se buscara una solución. Además, si tenemos en cuenta que los párrafos sobre los divorciados vueltos a casar tuvieron un 60% de votos a favor, eso no es una derrota. Pocos años atrás eso era impensable, y yo mismo me sorprendí por ese nivel de aprobación. Dado que esos párrafos representan a más de la mitad, el Papa pidió que sigan siendo parte del documento que se discutirá a partir de ahora. Es decir, tengamos claro que no serán retirados, aunque no hayan alcanzado los dos tercios de los votos. Nadie quiere negar la indisolubilidad del matrimonio y a todos nos interesa alentar a los matrimonios a ser fieles, a superar sus crisis, a volver a comenzar una y otra vez, pensando especialmente en el sufrimiento de los hijos. Pero muchos han insistido en las segundas uniones que llevan muchos años, que viven con generosidad y que han tenido hijos. La mayoría considera que sería cruel pedirles que se separen, provocando un sufrimiento injusto a los hijos. Por eso seguimos pensando en la posibilidad de que puedan comulgar, teniendo en cuenta que, como enseña el Catecismo, donde hay un condicionamiento que la persona no puede superar su responsabilidad está limitada. Sin embargo, es un tema que debe ser mejor profundizado, y no conviene apresurarse. No hay que olvidar, por otra parte, que el Mensaje del Sínodo asume que en esta primera etapa se comenzó a reflexionar «sobre el acompañamiento pastoral y sobre el acceso a los sacramentos de los divorciados en nueva unión». Si bien la minoría más dura pedía que esto no se mencionara en el mensaje, para cerrar el tema, ese pedido no fue escuchado y el 95% de los miembros aprobó el mensaje.

Comenzó un proceso que culminará después de otro sínodo en 2015. Como bien explicó usted, para el Papa «el tiempo es superior al espacio». Pero el sínodo también dejó claro que hay un grupo, minoritario pero compacto, que se resiste a la idea de una Iglesia que no excluye a nadie. ¿Quedó preocupado?

Por un lado quedé contento. Hay avances reales. Todos salimos con una conciencia mucho más clara y profunda de la gran complejidad de las problemáticas matrimoniales y familiares. Eso ayudó a no usar expresiones agresivas que en la Iglesia eran muy comunes hasta hace pocos años, expresiones que tenían que ver con teorías que no se encarnaban en la realidad concreta de la gente. Por otra parte, quedé insatisfecho. Yo habría deseado más avances en otros temas que preocupan a las familias, y que considero más importantes que el de los divorciados en nueva unión. No sería correcto reducir este sínodo a dos temas llamativos. También se habló mucho sobre la dignidad de la mujer y sobre las distintas formas en que son objeto de discriminación, de violencia y de injusticia. Se habló de los problemas de los jóvenes, de la desocupación, de la educación, etc. Pero ésta fue sólo una etapa en el camino, y la mayoría siente que se ha dado un gran paso, que se ha inaugurado un nuevo modo de encarar los temas, con libertad y claridad. Por eso, más allá de los resultados, se ha abierto para la Iglesia una nueva etapa.

¿Qué les diría a quienes critican a Francisco porque con este sínodo se abrió una «caja de Pandora»?

Que si no se abre la «caja de Pandora» lo que se hace es esconder la mugre debajo de la alfombra, meter la cabeza en un hueco como las avestruces, alejarnos cada vez más de la sensibilidad de nuestra gente y quedarnos contentos porque un pequeño grupo nos felicita. Hay que reconocer que varios obispos -y me incluyo- estamos muy detrás, lejos de la sabiduría pastoral, de la visión y de la generosidad del papa Francisco.

¿Pudo percibir hostilidad de la curia hacia el Papa, visto que varios prelados (Gerhard Muller, George Pell, Marc Ouellet, Leo Burke), fueron líderes de un sector conservador que públicamente habló en contra de las aperturas?

No me preocupó lo que dijeron. Algunos de ellos se expresaron con solidez y con preocupaciones sinceras por cuestiones que no pueden ser descuidadas. En otros, aunque son muy pocos, me preocupó el tono: agresivo, irritado, amenazante, no sólo dentro del aula del sínodo, sino en los pasillos y por la calle. Repito: eran muy pocos. Pero allí estaba el Papa, sereno y atento, asegurando la libertad de expresión y garantizando que nadie se pasara de la raya. Era verdaderamente la figura del padre bueno y firme, que asegura que todos sus hijos, también el más débil, puedan expresar su punto de vista y sean respetados