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lunes, 22 de febrero de 2016

«La llamada a la santidad no es privilegio de unos pocos»

(InfoCatólica
Entrevista al P. Roberto Esteban Duque:

Después de investigar sobre la concupiscencia en el Magisterio de Juan Pablo II, y escribir sobre temas como la fe y la conciencia, la moral o la felicidad y la muerte, aborda el de la santidad. ¿Qué le ha movido a escribir esta obra?

Quizá mi propio deseo como cristiano, y todavía más como sacerdote, de estar unido a Dios. En alguna ocasión escuché a Mons. Guerra Campos decir que el sacerdote es tanto mejor sacerdote cuanto menos aparece él en su vida y en su acción, y cuanto más es Jesucristo el que se manifiesta a través de él. Ignoro si la comunidad cristiana lo percibe, pero el sacerdote también se aleja con frecuencia de Dios cuando vive con tibieza su consagración a Él. Lo diagnosticaba con gravedad el filósofo García Morente al manifestar que las realidades más inmediatas en nosotros son las que menos solicitan nuestra atención: ¿en qué me diferencio del mundo o qué puedo ofrecerle si mi ministerio no está impregnado de la experiencia de un fortalecimiento del amor y de la unión con Dios que me lleve a manifestar ese amor a los demás? Me ha movido, en fin, a escribir sobre la santidad mi deseo de estar más unido a Dios para reflejar un poco más y mejor su Amor.

El Concilio Vaticano II reafirma el concepto de santidad y recuerda que el deber de ser santos es para todos. ¿Se puede esperar de cualquier mortal la santidad?

No es una imposición, sino una necesidad y un don. Pero sobre todo, es una exigencia de nuestra condición de bautizados. Israel debía responder a Dios santificándose porque su Dios es santo. Jesús, que es el único Santo, nos dijo que fuésemos santos como nuestro Padre del cielo. Se puede hablar a la luz de la revelación cristiana de una esencial obligatoriedad, de una llamada universal a la santidad como único modo posible de vida para un cristiano. Tras el Concilio Vaticano II se hizo más evidente que la llamada a la santidad no es privilegio de unos pocos, sino exigencia implícita de nuestro bautismo. El bautismo significa que pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos.

¿Qué conlleva la santidad?

Esta pregunta es muy importante. Si todos estamos llamados a ser santos, esto significa que no soy ciudadano, por un lado, y la santidad me sobreviene desde fuera. No es la santidad algo que se añade desde fuera al ciudadano, sino que la ciudadanía está impregnada de santidad.
El teólogo jesuita Henri de Lubac sostenía que la paradoja fundamental de la condición humana es que el hombre, criatura espiritual pero finita, tiene como única finalidad una finalidad sobrenatural, la vida eterna. Si tenemos un único fin, que es un fin sobrenatural, se deduce de ahí que el fin último de la vida social no es una felicidad terrestre, sino, a través de este fin, la beatitud del cielo y en última instancia el mismo Dios. No se pueden separar la santidad y la vida, como si fueran realidades yuxtapuestas. Esto es lo que enfatizó el Concilio Vaticano II, al mostrar que la santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano.
Respondiendo a su pregunta: o evangelizamos o contribuimos con nuestro silencio y nuestra indiferencia a secularizar la vida social, cultural y política. El pasado día 15 de enero me entristeció enterarme de la presentación del cartel de la Semana Santa de Cuenca. Este cartel, bajo el título de "Transparente rosa" de Fernando Zóbel, no refleja la verdad de lo que se celebra, sino que la oculta, es la expresión de una forma bastarda de secularismo que revela peligrosa la presencia cristiana. Esto es el liberalismo, la creación de un mundo meramente humano, un mundo que después de domesticar y más tarde rechazar el mundo cristiano, lo desintegra y sustituye. Me parece una impostura atreverse a decir, como se ha dicho, que eso podría ser una representación de Cristo.

Por tanto, para ser santo no hay que llevar necesariamente una vida religiosa consagrada a Dios.

Comprende bien. Desde dentro, a modo de fermento, cada uno en su trabajo, en su matrimonio y familia, haciendo bien lo que en cada momento se hace, es posible santificarse. Pero haciendo lo que exige cada situación, lo que requiera realmente, no lo que querría algún motivo egoísta, predilección personal, gusto o comodidad. Una tarea, la de cada uno, que en sí misma, como bien mantenía Romano Guardini, no es meramente "mundana", no se despliega, como antes hemos señalado, al lado de otras tareas  "religiosas", sino que es religiosa en sí y sólo puede cumplirse en obediencia ante el encargo recibido.

Si la santidad se popularizara, ¿qué marcaría la diferencia entre un cristiano común y las figuras que cuentan con el título oficial de santo por parte de la Iglesia católica después de un largo proceso de santificación?

El reconocimiento oficial de la santidad por parte de la Iglesia no está en contradicción con el hecho de que Dios haya puesto a nuestro alrededor a personas anónimas santas, gentes sencillas que dan testimonio cada día del amor de Dios y que no serán beatificadas o canonizadas por la Iglesia. En todo caso, la santidad no se "popularizará", no sólo porque nuestra condición humana tiene que combatir de modo permanente con el pecado, sino porque el cristiano "común" no acaba de entrar en la responsabilidad de la fe, rechaza la santificación de nuestra condición pecadora. Es decir, una mirada realista impone el reconocimiento de que mi relación constitutiva con Dios y con el prójimo se encuentra en ocasiones muy debilitada por el pecado (somos libres, y en lugar de acoger el amor de Dios muchos se afirman en su rechazo y obstinación), pero también la constatación de que, a pesar de creer, el cristiano no vive desde su fe en Dios, no realiza sus acciones a partir de la fe.

¿Hay muchos ejemplos de santidad vivos que los cristianos puedan tener de referencia?

Claro que sí, cuando el hombre nada puede interviene Dios para que comprendamos que la fortaleza es un atributo suyo. Pensemos, por ejemplo, en el testimonio de tantos cristianos perseguidos en Siria y en Irak que entregan su vida por amor a Jesucristo y son ejemplos de santidad. El año 2015 ha sido el peor año de la historia moderna para los cristianos perseguidos. Hay muchos enfermos, asimismo, que arrostran con enorme dignidad su propio desvalimiento, aceptando la cruz y llevándola junto al Crucificado. Pero también tu vecino, o tu compañero de trabajo, o tu propia madre, pueden convertirse en modelos y referentes vivos de santidad mediante su unión con Dios en la oración, la práctica sacramental, la obra buena en el fiel cumplimiento de las obligaciones... ¿Acaso piensas que ellos están lejos de Dios, lejos de cumplir su voluntad y de su amor cuando hacen todo eso?

Nota: 
Autor del libro «La exigencia de la santidad»
El P. Roberto Esteban Duque, sacerdote, moralista y ensayista, ha concedido a InfoCatólica una entrevista con motivo de la publicación de su nuevo libro, «La exigencia de la santidad» (Agapea). El sacerdote recuerda que la «llamada a la santidad no es privilegio de unos pocos, sino exigencia implícita de nuestro bautismo», y explica que puede que haya personas que nos rodean que son modelos vivos de santidad.

sábado, 4 de abril de 2015

“Tenéis un sitio privilegiado en la Iglesia”. Estas palabras, que Pablo VI dirigió a las Comunidades Fe y Luz (creadas en torno a personas con discapacidad intelectual) en 1975, constituyen uno de los retos más importantes que tiene hoy en día la Iglesia:

 Esta es ya una noticia antigua pero no por ello deja de ser actual.
Continua siendo una realidad en la Iglesia. mas aún, en pleno siglo XXI, la iglesia continua cosntruyendo iglesia en las que la participación de discapacitados en imposible por la cantidad de escalones que hay. Alguien en silla de ruedas nunca podrá acceder al AQmbón de la Palabra o al altar.
Lo grave es que se incumplen no solo lo minimo de la COMUNION CRISTIANA, sino tambien las normas de edificabilidad y acceso. Todo ante el silencio de los organismos competentes civiles y religiosos.

 Además, continúa Liliana López, se trata esencialmente de poder participar igual que el resto de miembros de la comunidad. Esto implica, por ejemplo, encontrar una solución para los escalones que llevan al ambón o que los lugares o edificios de reunión y encuentro tengan las infraestructuras adaptadas. “Que no se diga que porque los enfermos y discapacitados no vamos a las iglesias y parroquias no hace falta superar estas barreras, cuando no vamos porque existen estas trabas”, finaliza.


(Marina de Miguel) “Eres amado por Dios tal y como eres…”. “Tenéis un sitio privilegiado en la Iglesia”. Estas palabras, que Pablo VI dirigió a las Comunidades Fe y Luz (creadas en torno a personas con discapacidad intelectual) en 1975, constituyen uno de los retos más importantes que tiene hoy en día la Iglesia: la plena y verdadera integración de todos sus miembros. En ello se está trabajando, con gran implicación de los laicos, por cierto, aunque de vez en cuando asomen a las páginas de la actualidad gestos y actitudes por parte de algunos que evidencian que todavía quedan barreras físicas y mentales que superar.
Tenemos una realidad, nuestra enfermedad o limitación, pero también somos testigos de Jesús y tenemos una misión que realizar”, señala al respecto Liliana López, presidenta de la Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad (Frater). Fundada por el sacerdote enfermo Henry François en Verdún (Francia) en 1942, llegó a España en 1952, donde está implantada en 42 diócesis y extiende su labor a 7.000 personas.


TEMPLOS INACCESIBLES

Tenemos derecho a entrar en los templos y parroquias. Nosotros también construimos el Reino de Dios y, para ello, la Iglesia no debe tener barreras”, la primera premisa para que haya una integración es el libre acceso. En este campo se enmarca la campaña Una Iglesia para todos, una Iglesia sin barreras. Desde  2002 hasta hoy más de la mitad de los inmuebles de la Iglesia (el 63,5%) son inaccesibles para los fieles con algún tipo de limitación física. Lo mas grave la tendencia de interiores de templos continua sienso inaccesible a discapacitados. Se han hecho ciertos progresos, pero no los suficientes. Mientras que los principales avances se están dando en algunos  templos de nuevo cuño, el gran caballo de batalla son los que forman parte del patrimonio histórico. “Parece que algo que tiene muchos años de antigüedad no se puede tocar, aunque por ello los enfermos y discapacitados no puedan tener derecho de entrar en ellos”. Aunque es consciente de que la eliminación de barreras en estos sitios es más lenta y dificultosa, muchas veces el problema es la falta de sensibilidad y comprensión. “A veces, con un poco de imaginación y esfuerzo, se encuentran alternativas viables, pero se suele pensar que el pobre discapacitado encontrará alguien que le ayude en la entrada y en el interior.

La FRATER. esta nmarcada en el Apostolado Seglar e integrada en la Acción Católica, asume la misión evangelizadora de la Iglesia en el mundo de la enfermedad y la discapacidad física. Su principal característica es que este trabajo, así como las tareas de organización, las realizan los propios enfermos y personas con algún tipo de traba física. “Uno de nuestros lemas es que nuestras capacidades superan nuestras limitaciones, pues sabemos que éstas se superan en la medida en que hacemos algo por lo demás. El mejor apóstol de un enfermo o discapacitado es una persona en la misma situación”. Por esa razón, el movimiento se apoya en la creación de una red de contactos personales y un intenso plan de formación, dos herramientas dirigidas a proteger “la dignidad de cada persona y animarla a que, a pesar de todo, se convierta en la protagonista de su propia vida”.
Desgraciadamente, señala la presidenta, esta labor a menudo choca con “actitudes paternalistas” que entorpecen el progreso. “Se tiende a creer que somos personas que necesitamos atención y que no podemos prestarla. En la Iglesia, aún seguimos insistiendo para que nos miren en el mismo plano de igualdad que al resto de los fieles, no en el plano de asistidos”, reconoce.

Ante esto, el trabajo de la Frater consiste en realizar acciones dirigidas a “cambiar las mentalidades”. Un trabajo para el que, según reconoce, cuentan con el apoyo de los obispos y órganos diocesanos, que en algunas ocasiones les han animado a fundar nuevas delegaciones de Frater. Sin embargo, a la presidenta le gustaría que este apoyo fuera más activo y se tradujera en la presencia de los obispos en las campañas y encuentros que realizan. “La Pastoral de la Salud trabaja con los enfermos, pero nosotros vamos un paso más allá: queremos que se reconozca nuestra labor evangelizadora. Que nos vean como adultos dentro de la Iglesia, no sólo como personas a las que asistir”.



Luis García, presidente de Ciegos Españoles Católicos Organizados (CECO), sostiene que la integración depende tanto de la propia persona como del resto de los miembros de la Iglesia. “Intentamos convencer al ciego para que no tenga miedo de hacer en público lo que sabe, y a la Iglesia, de que esta persona es un miembro más. Puede ser un buen lector, un buen catequista o alguien que trabaje en Cáritas. Hay muchas posibilidades, y, quizás, lo único que necesite para desempeñarlas es el brazo de un hermano que le lleve al punto de destino”.



Participación activa
En ello está trabajando CECO desde que se creó, en 1994, en Zaragoza. En noviembre de 2008 fue reconocida por la Conferencia Episcopal Española como asociación de carácter nacional, lo que la llevó a expandirse por otras diócesis: Bilbao, Barcelona, Alicante, Valencia, Jaén, Sevilla y Madrid, donde se va a fundar el próximo septiembre. En la actualidad, tiene 250 socios.



Uno de los aspectos de los que se ocupa es de facilitar la participación activa en la vida parroquial. Para ello convierten, a través del ordenador, las lecturas dominicales del Evangelio al braille. En la misma línea, García ve interesante pasar a este código o grabar en un archivo de audio todos los documentos sobre los que se apoya la formación de un cristiano: textos bíblicos, conciliares, hojas diocesanas o revistas de información religiosa…

En el problema religioso, España está a la cola. Contar con la ONCE ha sido una ventaja en muchos aspectos, pero también ha retrasado la toma de conciencia de la importancia de organizarse para favorecer la integración de las personas con esta discapacidad en la Iglesia”, reconoce comparando la situación del país con la del resto de Europa.

Antonio Martín, miembro de la Junta de CECO en Zaragoza, añade una importante tarea que lleva a cabo la asociación: el servicio y acompañamiento. “Hay personas que se quedan ciegas en un momento determinado de su vida y deben aceptar todo lo que implica este cambio. Es una labor importante que realizar y en la que, junto a los profesionales, nosotros podemos ayudar mucho”. También acuden a las residencias para visitar a las personas mayores que han perdido parte de visión y se sienten aisladas.

En el caso de las personas sordas, la comunicación resulta crucial para que puedan realizar su misión evangelizadora. Alfonso Muruve, director de la Pastoral del Sordo de la Conferencia Episcopal, señala que el resto de las necesidades que pueda tener (acceso a la información, crecimiento personal y social, identidad personal, autocontrol, etc.), así como la formación que debe recibir, se circunscribe en torno a ella. “La atención pastoral ha de comenzar con un acercamiento a su realidad como persona sorda y atendiendo a la especificidad de su comunicación”, por lo que tiene que basarse en un sistema (o apoyo) visogestual.



Luego, como en los casos anteriores, entraría en juego la confianza de la persona y la aceptación de la comunidad, dos aspectos sin los que la integración no sería plena. “Las personas sordas no pueden integrarse si la comunidad no es abierta y libre de barreras comunicativamente”, añade al respecto Juan Ramón Jiménez Simón, responsable de esta pastoral en la Archidiócesis de Sevilla, recordando cómo Jesús, en el relato de Marcos, referido a la curación del sordomudo, es quien se acerca a la persona sorda y la libera de las ataduras de la comunicación: lo retira del grupo con el fin de que pueda oírle, le toca la lengua, símbolo de cercanía a su principal necesidad de comunicación y de apertura a la realidad misma de la persona sorda, y lo sana devolviéndolo de nuevo a su grupo de referencia. “En este sentido –señala–, Jesús facilita la integración de la persona sorda en el seno de la comunidad e invita a ésta a abrirse a la realidad de la sordera”.

Difícil integración
“No basta estar juntos para estar integrados”, matiza el sacerdote sordo Agustín Yanes Valer, nombrado por el Papa Prelado de Honor en 2008 en reconocimiento a su gran labor. Para el director honorífico de la Pastoral del Sordo de la Conferencia Episcopal, y encargado de este Departamento en Tenerife, lo ideal sería que la comunidad eclesial viviera el espíritu de las primeras comunidades cristianas: “Tenían un solo corazón y lo compartían todo. Eso facilitaría mucho la convivencia en la comunidad. El amor es lo que más une”.

Cuando la limitación auditiva es total, como es su caso y el de los fieles con los que trabaja, la situación se dificulta. “Somos creyentes y vamos a la Iglesia, pero actuando como francotiradores con el Señor. Todos cantan, oyen música, predicaciones, y nosotros estamos aislados o marginados. Creemos en el Amor del Padre Dios, pero dudamos del amor de los miembros de la comunidad porque, generalmente, no nos acogen, no nos hacen caso, no se preocupan de nosotros. Muy difícil es la integración en esas condiciones”.



Desde hace muchos años, Yanes celebra la misa en lengua oral y, al mismo tiempo, en lenguaje de signos, igual que la homilía. Las lecturas las hacen personas sordas en lenguaje de signos y, al lado, un oyente pone la voz para que así el mensaje llegue a todos. “Son muchos años haciéndolo así, aquí, en la península, y por América Latina, y estamos muy contentos del resultado”.

Toda persona, aun la más despojada, está llamada a ser fuente de gracia y de paz para toda la comunidad, y también para toda la Iglesia y para toda la humanidad. Así lo sostiene en sus documentos fundacionales Fe y Luz, creado en 1971. Para hacer frente a la historia de segregación que han padecido las personas con discapacidad mental, sitúa a este colectivo en el corazón mismo de las comunidades que funda. Como explica Miguel Reyes, coordinador de una de las dos provincias en las que se ha dividido la agrupación en España (hay 46 comunidades y unas 1.300 personas), cada integrante pone al servicio de los demás y de su misión los dones y límites, y alimenta su vida a través de la celebración, la fiesta y la amistad.

Más que plantearse la integración, el movimiento se deja llevar por la convicción fundacional de que “toda persona es amada por Dios y de que todo discapacitado es una persona plena”, que requiere progresar en todos sus aspectos, tanto espirituales como humanos. “Jesús vive en estas personas, que son, paradójicamente, las que Dios eligió para confundir a los fuertes y a los sabios”.

Para que haya una participación real, más que dificultades, ve una serie de exigencias, resumidas en la adaptación a sus peculiaridades para que puedan crecer en su experiencia de creyentes. “Es preciso una sensibilidad que posibilite el acompañamiento de todas las personas para un mayor crecimiento en la fidelidad de las exigencias evangélicas”.

Y, como retos, tanto de las Comunidades Fe y Luz como de toda la Iglesia, enumera una vida interior personal anclada en la búsqueda del deseo de Dios sobre cada uno; una vida comunitaria que viva el Amor fraterno como lugar de encuentro misterioso pero real con el Amor de Dios a cada persona; un anhelo de testimoniar al Señor… “Todo ello –dice–, desde el gesto de lavar cotidianamente los pies a todos los hermanos, especialmente a los que la sociedad siempre colocó en sus propios márgenes”.

TEMPLOS INACCESIBLES

Tenemos derecho a entrar en los templos y parroquias. Nosotros también construimos el Reino de Dios y, para ello, la Iglesia no debe tener barreras”, afirma Liliana López, indicando que la primera premisa para que haya una integración es el libre acceso. En este campo se enmarca la campaña Una Iglesia para todos, una Iglesia sin barreras, con la que en 2002 denunciaron que más de la mitad de los inmuebles de la Iglesia (el 63,5%) son inaccesibles para los fieles con algún tipo de limitación física. “La campaña sirvió para ver lo que estaba mal y sensibilizar un poco a obispos, párrocos y demás agentes de pastoral”, valora la presidenta de Frater, indicando que se han hecho ciertos progresos, pero no los suficientes. Mientras que los principales avances se están dando en los templos de nuevo cuño, el gran caballo de batalla son los que forman parte del patrimonio histórico. “Parece que algo que tiene muchos años de antigüedad no se puede tocar, aunque por ello los enfermos y discapacitados no puedan tener derecho de entrar en ellos”. Aunque es consciente de que la eliminación de barreras en estos sitios es más lenta y dificultosa, muchas veces el problema es la falta de sensibilidad y comprensión. “A veces, con un poco de imaginación y esfuerzo, se encuentran alternativas viables, pero se suele pensar que el pobre discapacitado encontrará alguien que le ayude en la entrada. Nosotros queremos desarrollar nuestra autonomía”.



Además, continúa Liliana López, se trata esencialmente de poder participar igual que el resto de miembros de la comunidad. Esto implica, por ejemplo, encontrar una solución para los escalones que llevan al ambón o que los lugares o edificios de reunión y encuentro tengan las infraestructuras adaptadas. “Que no se diga que porque los enfermos y discapacitados no vamos a las iglesias y parroquias no hace falta superar estas barreras, cuando no vamos porque existen estas trabas”, finaliza.



En el nº 2.670 de Vida Nueva.


miércoles, 4 de febrero de 2015

Entrevista de Mons. Livio Melina, presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II, al portal Tempi.



(Tempi) Mons. Livio Melina (Adria, Italia, 1953) es sacerdote y doctor en teología por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma. Fue asistente de la Congregación para la Doctrina de la Fe cuando era Prefecto el cardenal Joseph Ratinzger, quien ya siendo Papa, con el nombre de Benedicto XVI, le nombró en el año 2006 presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II.
El Pontificio Instituto Juan Pablo II tiene la misión de enseñar la Fe, mediante el conocimiento de la verdad del matrimonio y la familia, con el auxilio de las diversas ciencias humanas que trabajan en estos campos.

Según el cardenal de Milán Angelo Scola, el contexto histórico actual se caracteriza por un «erotismo penetrante». ¿Es la consecuencia de la llamada «revolución sexual»?

La revolución sexual se puede definir como una serie de rupturas del contexto natural y cultural en el que se vivía la experiencia del amor humano en la tradición católica: ruptura del nexo entre sexualidad y matrimonio (con una sexualidad extraconyugal); ruptura del nexo entre sexualidad y procreación (mediante la contracepción y la reproducción artificial), ruptura del nexo entre sexualidad y amor (con una sexualidad «líquida»). De este modo el sexo se ha convertido en una mina vagante omnipresente, que invade el escenario de la existencia actual con la fuerza de una autoevidencia que se impone. Recuerdo que don Giussani dijo una vez que para destruir la mentalidad cristiana del pueblo, nada más terminar la guerra los comunistas empezaron a difundir la pornografía, chantajeando así al hombre en su punto más débil. En los años sesenta Marcuse señaló el mismo fenómeno de instrumentalización del eros en la sociedad consumista avanzada, que quiere «al hombre a una dimensión»…
En efecto, se alza un fuerte prejuicio puritano sobre el cristianismo: se identifica de hecho al cristianismo con la moral, la moral con un sistema de prohibiciones, y se piensa que esta prohibiciones se dan sobre todo en el ámbito sexual, de manera que al final de esta serie de falsas ecuaciones el cristianismo se equipara a la represión sexual. Como expresó el Papa Benedicto XVI con agudeza en la encíclica Deus caritas est: se dirige al cristianismo la acusación nietzscheniana de haber envenenado la experiencias más bella y atrayente de la vida. Entra entonces una especie de complejo de culpa de los clérigos, ulteriormente acentuado por los deplorables escándalos de pedofilia. De este modo al final no solo se pide a la Iglesia el silencio sobre este tema, sino que también en la Iglesia se termina por pensar que es mejor no hablar de ello para no obstaculizar la evangelización. Y así el tema culturalmente más imponente, educativamente más decisivo, se abandona a la mentalidad mundana que invade también a los fieles, que cuando razonan sobre estas cosas ya no expresan un sensus fidelium teológicamente significativo, sino la mentalidad mundana de la que todos deberíamos convertirnos para unirnos a la novedad de Cristo, que por sí sola nos libera. Jesús no hizo sondeos cuando propuso el perdón de los enemigos, el matrimonio indisoluble, la eucaristía o la palabra de la cruz: sabía perfectamente qué pensaban incluso los discípulos. Dijo más bien: «¿También vosotros queréis marcharos?».

Entonces, ¿qué es lo que está hoy en juego?

Se deberían meditar las palabras del Papa Ratzinger en uno de sus últimos discursos: el del 22 de diciembre de 2012 para felicitar la Navidad a la curia romana. Él dijo que en las mutaciones y deformaciones que amenazan a la familia, con la pretensión de los llamados presuntos «nuevos derechos», con la redefinición del matrimonio, con la abrogación de la paternidad y la maternidad, está en juego nada menos que la identidad humana: sin las relaciones constitutivas que nos dan identidad –hijo, padre, madre, esposo y esposa, hermano y hermana- el hombre es solamente un individuo frágil manipulable por el poder. Pero la cuestión es también radicalmente teológica: porque está en juego el lenguaje originario de lo humano, del que se ha servido Dios en la Revelación para hablarnos. ¿Qué palabras nos quedarán para hablar de Dios sin el léxico de estas relaciones familiares?

Entre las cuestiones públicas más debatidas está ciertamente el tema de la diferencia/indiferencia sexual. Tan es así que, tentados por una cierta educación sentimental, sucede que también a los católicos les cuesta sostener con seguridad que el matrimonio es entre un hombre y una mujer.

La diferencia sexual, que marca al cuerpo hasta en las fibras más íntimas y lo orienta a un modo específico de relación, representa una referencia antropológica fundamental, con un marcado carácter vocacional. Es una llamada: es decir, no es solo un dato biológico casual y tampoco un factor exhaustivamente establecido en al biología. Es invitación a una respuesta y a un camino que pide educación, para asumir la forma de una unión en la que se realice el don de sí en el amor, con carácter de exclusividad, totalidad e irrevocabilidad de una promesa y con una intrínseca sobreabundancia de apertura a la vida en la procreación. La pérdida de la idea de que existe una naturaleza humana común no manipulable, que hay ligámenes originarios que dan identidad y misión a la vida (como sucede en la ideología de género), hace imposible pensar en un bien común de la sociedad. Una cosa es el respeto debido a todas las personas independientemente de su orientación sexual, otra son los derechos de la familia auténtica, base del bien común de la sociedad. ¿Cómo es posible no comprender que es la familia compuesta por hombre y mujer, radicada establemente en el matrimonio y comprometida en la educación de los hijos la que crea aquel «capital social» de comportamientos, de cultura y de virtudes sobre el que se basa el vivir juntos? ¿Cómo no entender que si falta esto se tritura el ligamen social?

Como muestran muchas respuestas al cuestionario de preparación al Sínodo de los obispos sobre la familia, sobre la moral y concepción del hombre, hay gran confusión entre los fieles. Una confusión exasperada por el bombardeo mediático tecnológico cada vez más invasivo.

La moral tiene hoy mala fama en la sociedad y también en la misma Iglesia. El discurso corriente fácilmente tiene como objetivo fácil el «moralismo». Y no sin motivo: cuando se piensa en la moral como en una serie de prohibiciones que limitan la libertad y pretenden violar la conciencia, resulta justificada una instintiva aversión. ¿Pero es de verdad esta la moral? Por otra parte, cuando no se logra distinguir entre moralismo y auténtica experiencia moral, se termina en la arbitrariedad del subjetivismo, en la subordinación a lo que establecen las estadísticas sobre la opinión predominante, o en un nuevo y más opresor legalismo de las reglas («no fumar en los parques públicos», «no ponerse obesos», «no comer carne de animales», «no tirar basura en el contenedor equivocado»…). En la raíz de esta reputación negativa de la moral está la fractura entre la persona y sus acciones. Nuestras acciones, como escribió Karol Wojtyla en Persona y acción, son expresión de nuestra persona y al mismo tiempo nos construyen, son nuestros padres, según la sugerente observación de san Gregorio de Nisa: en efecto, obrando nosotros no solo provocamos cambios en el mundo exterior, sino que nos convertimos en aquello que hacemos, cambiando antes que nada nosotros mismos con nuestras elecciones. Quien roba se convierte en ladrón y quien miente en un embustero. Nosotros no somos un sujeto abstracto construido independientemente de nuestro actuar: somos un yo-en-acción, que realiza libremente el don originario de su ser a través de sus acciones, en las relaciones con los demás y en un contexto cultural que contribuye a configurar. Por esto nuestras acciones tienen siempre una dimensión moral.

Pero la sociedad plural contemporánea está marcada por la coexistencia de diferentes visiones del mundo. ¿Cómo concebir la relación entre la moral y las leyes?

Es una pregunta crucial. En efecto la moral exige poner fundamentarse en una visión global de la vida, en una antropología, en una concepción del hombre y de Dios, mientras las leyes de nuestras sociedades pluralistas tienen necesidad de lograr el consenso de todos. Por otra parte mientras la moral tiene como perspectiva la del bien de la persona, la ley civil mira como ideal a la justicia en la convivencia entre los hombres, que es un objetivo más limitado. La llamada a compartir una serie de principios universales de justicia fundados en la razón común, aun siendo todavía teóricamente argumentable, es pragmáticamente imposible de experimentar, dado el pluralismo y la perplejidad post-moderna sobre la universalidad de la racionalidad humana. ¿Cómo proceder entonces? Me parece que se puede concordar con el cardenal Scola en dos presupuestos para una convivencia pública. En primer lugar se ha de reconocer que, más allá del pluralismo de las visiones, el hecho de la convivencia con los demás representa un bien que hay que preservar y cultivar, y esto exige respeto por la libertad y los derechos de las personas. No es libertad aquella que piensa que puede reírse de todo, también de aquello que es sagrado para el otro. En segundo lugar, sobre tantas cuestiones controvertidas, hay que recorrer pragmáticamente la vía del diálogo abierto entre las diversas identidades: la claridad de proponer la propia visión de las cosas, sin presunción de imponer la propia visión a los demás, pero también sin la censura de una laicidad sospechosa y hostil a la religión, permite una confrontación abierta en la que democráticamente podrá afirmarse la solución concreta que logrará convencer más que la propia bondad.

Frente a la difusión de la mentalidad laicista, que tiende a expulsar a Dios de la vida concreta del hombre, ¿con qué criterio los cristianos deben intentar un pensamiento y una acción pública que ofrecer a la reflexión común?

La afirmación de san Juan Pablo II de que «la fe debe hacerse cultura» no es una opción estratégica válida solo en algunos momentos históricos. Es la descripción de una exigencia intrínseca e irrenunciable de la identidad cristiana, que debe expresarse en el obrar y confrontarse con las grandes cuestiones culturales que se agitan en la sociedad. Si no lo hace, el cristiano no solo incumple su tarea específica de misión en el mundo y se transforma en sal insípido, que antes o después terminará pisoteado por los que pasan, sino que él mismo no conseguirá entender el sentido de la fe que profesa pero que ha relegado al intimismo. Él, sin darse cuenta, sobre las cuestiones antropológicamente y socialmente decisivas terminará con una sumisión a los «esquemas del mundo», como dice san Pablo y como repetía con frecuencia don Giussani siguiendo la famosa Carta a los cristianos de Occidente escrita en los primeros años setenta por el teólogo checo Josef Zverina.

Para los cristianos la razón última de la defensa de los valores es Cristo mismo. ¿Por qué pueden proponerlos a los no creyentes?

En lugar de «valores», prefiero hablar de «bienes». El discurso de los valores evoca la percepción subjetiva de la conciencia, mientras que el bien es algo que objetivamente se da en la realidad y es accesible a la razón según un orden y una jerarquía. La cuestión que usted plantea se refiere al fin y al cabo al nexo entre encuentro con Cristo y experiencia de lo humano. El encuentro con Cristo se verifica en su capacidad de transformar la vida y de hacerla más conforme a lo que el corazón de cada uno espera. Y precisamente así está en grado de convencer de su conveniencia en incluso de su verdad. Es una verificación que cada persona debe hacer continuamente en los desafíos de la propia existencia y que la misma comunidad de los discípulos de Jesús con humilde fiereza puede proponer a la comunidad de los hombres. Y los hombres, también los no cristianos, pueden reconocer así que algunos bienes, que se han revelado históricamente en un contexto cristiano, corresponden verdaderamente a lo que también ellos pueden apreciar como válido y en consecuencia adoptarlos, aun sin llegar a abrazar la fe, que es la fuente de su emergencia histórica. Así ha sucedido históricamente para el valor único y el primado de la persona respecto al Estado, también a partir del testimonio de los mártires cristianos («se debe obedecer a Dios antes que a los hombres»); así ha sucedido para el matrimonio monogámico en el mundo de la Roma antigua, que ha sabido transformar la cultura permisiva de la época, que conocía, legitimaba y practicaba ya el divorcio, el aborto y la homosexualidad. La Epístola a Diogneto, antiguo texto patrístico, habla precisamente de esta «diferencia» cristiana pero también de su capacidad atractiva y transformante. Es un desafío fascinante que se presenta en toda época de la historia y siempre en formas singulares.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Los miembros de la Curia deberian leerse mas a menudo el Evangelio en clave de revisión de vida.

A cuenta de lo ocurrido con la curia en estas navidades el Papa para hacer una buena reforma deberia nombrar por cinco años y después devolver a cada curial a cura de pueblo y asi tambien en los obispados. Acabar ya con la carrera eclesiástica. Así acabaría con el carrerismo que tanto critica, de forma muy acertada, pero poco practica.

Curiosa la entrevista y al mismo tiempo iluminadora de los males de la Iglesia, que tan acertadamente ha resaltado el papa francisco, la del  cardenal Gionvanni Lajolo, el cual  no sale todavía del estupor que le produjo el discurso de Navidad del Papa Francisco. "Francamente, no había sucedido nada parecido nunca antes", le dijo al diario italiano La Stampa.
Lajolo fue canciller del Vaticano y añoró los encuentros protocolares de fin de año. "Antes, siempre -dijo-  el intercambio de felicitaciones navideñas entre el Papa y la Curia romana es una ocasión protocolar”, para “hacer repaso del año” y sigue un “esquema preciso”, indicó el purpurado y diplomático que durante muchos años ha ocupado algunas de las más importantes oficinas de la Santa Sede.
 “Es la primera vez que sucede: nunca un Papa nos había descrito a nosotros, los curiales, un catálogo de patologías sobre las que reflexionar”, analizó, todavía sin poder salir del asombro, en su diálogo con el periodista Giacomo Galeazzi.
El purpurado consideró:  “Los siete vicios capitales están en cada uno de nosotros. También el Papa se define a sí mismo pecador y pide continuamente que recemos por él. Y si él es pecador, figurate nosotros. Los escándalos existirán mientras exista el mundo. Lo dice el Evangelio: es necesario que los escándalos sucedan pero cuidado con aquellos que los provocan. Es palabra de Cristo, para nosotros incustionable”.

 “Otros años en esta ocasión en general los Papas anteriores se limitaban a reevocar los hechos más relevantes del año, a hacer un repílogo de los principales eventos para la Iglesia universal y los puntos clave de su actividad apostólica. Por eso se podía esperar que Francisco hablase de los viajes en Tierra Santa y en Turquía, y sin embargo, no ha dicho ni una palabra. Quizá haga referencia a éstos en el discurso a los embajadores en el Vaticano”.
Indicó, asimismo, que  “es un deber de los superiores de la curia hacer en modo que estas cosas no sucedan. Y como principal responsable, el Papa es el primera persona que se tiene que ocupar. La reforma de las instituciones es necesaria pero sirve también la conversión de los corazones. La Iglesia va siempre reformada, sobre todo la Curia en la cual confluyen tensiones y problemas de todas las Iglesias locales del planeta”.
Y finalizó:  “Es útil que las estructuras eclesiásticas se conviertan en algo más simple y eficiente, pero dentro están los hombres cuyo corazón está lleno de confusión. Creo que es más actual que nunca la pregunta del histórico romano Tácito: ¿para qué sirven las buenas leyes si no existen las buenas costumbres?. Las conductas honestas no se establecen por ley. Francisco nos exhorta a reflexionar atentamente sobre nuestros comportamientos y nuestras debilidades, pensando al mal que se hace. Comenzando por los chismes y las habladurías que matan, envenenan el clima”.

martes, 11 de noviembre de 2014

El sacerdote madrileño Pablo D’Ors, recientemente nombrado consejero del Pontificio Consejo de la Cultura (PCC) ha mostrado su apoyo a la ordenación de mujeres como presbíteras en el diario italiano La Reppublica

(The Irish Times) El sacerdote trata el asunto en La Reppublica: «¿Que si estoy a favor (de la ordenación de mujeres? Absolutamente, y no soy el único. El argumento de que las mujeres no pueden convertirse en sacerdotes poruqe Jesús era un hombre y porque solo eligió hombres (como apóstoles) es muy débil. Eso es una cuestión cultural, no metafísica»
Don Pablo asegura que «ha llegado el momento de recorrer otros caminos... es necesario un cambio», porque negar a las mujeres el acceso al sacerdocio representa «una discriminación inaceptable».
El presbítero explica que para preparar su informe para el PCC, ha hablado con muchas mujeres, cristianos y no cristianos por igual, de diferentes estratos sociales, y «todos, salvo uno» estaban a favor de la ordenación de mujeres.
Al mismo tiempo reconoce que hay muchos en la iglesia, sacerdotes y laicos, que se oponen a esta medida, porque, según su opinión, las «cosas nuevas» siempre asustan a la gente. Sin embargo, argumentó que sería un «pecado» resistirse a este cambio porque «la vida es una continua evolución».
Preguntado por las declaraciones del P. Pablo d`Ors, el portavoz de la Santa Sede, P. Federico Lombardi, sj, ha declarado a The Irish Times que no tiene nada que comentar.
D. Pablo d`Ors ha sido «profesor y crítico de teatro y de estética y, desde hace años, dirige el proyecto de `Buscadores de la Montaña´, para profundizar en la dimensión contemplativa de la vida cristiana e iniciar y acompañar a otros en la aventura de la interioridad. Es sacerdote católico, discípulo zen y escritor».

Magisterio de la Iglesia

La Iglesia Católica ha zanjado definitivamente cualquier posibilidad de ordenar mujeres como presbíteras. Así lo hizo San Juan Pablo II, Papa, en su Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis, que concluyó de la siguiente manera:
Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.
El papa Francisco se ha manifestado en algunas ocasiones en el mismo sentido, asegurando que la cuestión está cerrada.

(Información de Infocatolica).

domingo, 31 de agosto de 2014

La Teología de la Liberación, la Iglesia Católica y el Nuevo Orden Mundial.

Esta vez traigo al blog unas reflexiones de Néstor Martínez sobre la Teología de la Liberación, la Iglesia Católica y el Nuevo Orden Mundial.
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Tomado de: blog No sin grave daño

En el libro de Gustavo Gutiérrez "Teología de la liberación", que es el clásico absoluto de todo este movimiento, a lo sumo se apunta a lograr un marxismo "autóctono", original, (por ejemplo, cita de Fidel Castro en la nota 43 del cap. 6) y a separar el método marxista de análisis de la realidad de la filosofía marxista atea y materialista (por ejemplo, referencias a Althusser en la nota 45 del mismo capítulo). Esto fue lo que dio origen a todo el asunto. Otra teología de la liberación distinta de ésta ha sido y es históricamente irrelevante.

La Instrucción "Libertatis Nuntius" señala que, obviamente, es imposible separar el análisis marxista de la historia y de la sociedad de sus postulados materialistas y ateos. Hablemos en plata, como se dice.

La "teología de la liberación" prácticamente ya no existe. Sólo quedan algunos sexagenarios o de más edad que recuerdan los buenos tiempos del conflicto entre los dos bloques, cuando ellos no peinaban cana alguna. Esas cosas sonaban más o menos verosímiles cuando uno de los dos grandes poderes imperiales hacía de la causa de los pobres y la justicia social su bandera preferida. Ahora da risa el sólo pensar que Maduro o Evo Morales serían el apoyo real, histórico, de una empresa semejante.

La moda de los pobres ya pasó. Ahora el tema es el género, el aborto, la homosexualidad. Y en eso están los "teólogos de la liberación" de otrora.

Nadie habla más, en serio, de los pobres. Los partidos de izquierda, menos que nadie. Perdido el apoyo de la implosionada URSS, han buscado el sostén de las fundaciones Rockefeller, Ford, etc., y a cambio se han convertido en "izquierda pélvica", como todos sabemos.

El presidente uruguayo, Mujica, guerrillero tupamaro en sus años mozos, acaba de ir a Nueva York a entrevistarse con Soros y con Rockefeller, para mostrarles que cumple las instrucciones de legalizar el cultivo de la marihuana en nuestro país. Ha firmado la ley de aborto, de "matrimonio" gay, etc., todo en fiel cumplimiento de las directivas que proceden del Population Council, el Council on Foreign Relations, el Fondo de Población de las Naciones Unidas, etc.

¡Hasta un nativo del barrio La Teja, Montevideo, cuya familia es amiga del ex-presidente Vázquez, compañero de Mujica, figura entre el personal domiciliario de David Rockefeller, según nos enteramos por los informativos a consecuencia de la visita de Mujica a dicho benefactor!

Un dato para españoles: en el 2002 se reúne la "Comisión Trilateral" creada por David Rockefeller (es repetitivo, lo sé, pero qué le voy a hacer?) para coordinar intereses de EE.UU., Europa y Japón. La lista de asistentes tal como viene en Internet incluye a Trinidad Jiménez, del Partido Socialista, Madrid. Además de Madeleine Albright, Kissinger, representantes de los Rothschild, ex directores de la CÍA, gente de JP Morgan, Enron, Chase Manhattan, etc.

Hace tiempo que los poderosos se dieron cuenta de que el problema no es la pobreza, sino los pobres. Es simple: si no hay pobres, no hay pobreza. Fácil, sencillo. Si se evita que nazcan pobres, o incluso, si una vez lamentablemente nacidos se siguen consejos más avanzados como los que ya diera Malthus en su tiempo, el problema entra en vías de solución. Y parece que la izquierda vio allí la oportunidad de una histórica coincidencia.

Leonardo Boff, por ejemplo, tal vez el más "estelar" de los teólogos de la liberación, terminó integrando el Consejo de la Carta de la Tierra donde la figura directiva es Steven Rockefeller, profesor de historia de las religiones. Casualidad, por supuesto. La ecología como argumento para reducir la población (pobre) contaminante (no son las fábricas norteamericanas y europeas las que contaminan), sustituir los diez mandamientos con la Carta elaborada por Gorbachev (otra casualidad, liquidador de la URSS en el pasaje a la etapa de la "globalización"), y ahí el nuevo panteísmo de Boff, preocupado por liberar a la Madre Tierra del género humano (así lo dijo), encaja admirablemente. Por las dudas, también Paulo Freire (ex-"Pedagogía del oprimido", citado también por Gutiérrez en su libro) integró ese mismo Consejo poco antes de morir. Hasta Mercedes Sosa (Partido Comunista al menos durante buena parte de su vida) parece que estuvo.

Por eso las "clases" en "lucha" ahora no son más los obreros (¿se acuerdan de los obreros?), sino que el sujeto oprimido y revolucionario es ahora la mujer (pero tampoco, porque hablar de "mujer" al final es "esencialismo"), el homosexual, el transexual, y estoy esperando el momento en que se reconozca al pedófilo su justo derecho a figurar entre las minorías discriminadas por el Occidente patriarcal y machista.

El progresismo apunta a un Nuevo Orden Mundial en el cual gobernarán los empresarios y los banqueros. Ya dijo Kissinger, hombre de la nómina de los Rockefeller, que eso es altamente preferible a los decadentes políticos que tenemos. Todo va a encajar admirablemente, porque resulta que estos empresarios y banqueros son de izquierda, oh maravilla.

Como ya lo dijo el primer Rockefeller de la dinastía, "la competencia es pecado". El "neoliberalismo" es un cuento que nos venden a los del Sur para tengamos de qué discutir y estemos entretenidos, amén de poder vendernos de todo, claro.

Lo que ellos quieren es el monopolio, y han comprendido, parece, que el monopolio estatal es mucho más perfecto que el privado (si al mismo tiempo el Estado es una empresa privada). Por tanto, ¡son socialistas! La tesis con que David Rockefeller culminó sus estudios, allá por la mitad del siglo XX, fue sobre los socialistas "fabianos" ingleses.

La unión del mundo se quiere lograr por la imposición del relativismo universal, hermosa contradicción "in terminis". Es necesario para eso una "religión global" estilo "melting pot" en la cual se viertan los contenidos de los distintos credos, y luego de revolver bien, se obtenga la pasta grisácea y pegajosa apta para la demolición mental del poco pensamiento que quede en el planeta.

El ideal es el rebaño uniformemente relativista (otra bella "contradictio in terminis") que pueda ser dócilmente conducido a golpes de telebasura. El mismo Aldous Huxley reconoció allá por los 60 que cuando escribió "Un mundo feliz" en los treinta estaba plasmando los pensamientos de la "élite" de su tiempo.

Para eso es imprescindible que seamos pocos. Un planeta limpio, pulcro, deshabitado y obediente, en manos de la gente correcta.

De las pocas desagradables dificultades que persisten obstinadamente una es la Iglesia Católica, siempre tan "atrasada" y poco "aggiornada" (otra serían posiblemente los países islámicos).

Por eso, para el único fin práctico que puede servir hoy la "teología de la liberación", a pesar de esos arcaísmos de los "pobres" y la "justicia", es para aumentar la confusión doctrinal entre los fieles, en busca del siempre perseguido y nunca logrado objetivo de liquidar al catolicismo.

Claro, también está el sueño del pibe, por el cual hasta los ateos que promueven estas cosas rezan todas las noches antes de dormir: que la Iglesia convertida al relativismo se coloque como el Departamento Religioso de ese Nuevo Orden Mundial, a fin de lograr la perfecta obediencia y felicidad del rebaño. La disolución doctrinal y dogmática es lógico que es un requisito previo, y ahí sirve cualquier cosa, teología de la liberación incluida.

Es decir, Internet existe, usémosla y aprendamos la historia del siglo XX.

miércoles, 16 de julio de 2014

Zapatero propone su modelo de Anticristo: una autoridad religiosa global vinculada a la ONU.

Zapatero propone su modelo de Anticristo: una autoridad religiosa global vinculada a la ONU.

(Agencias) El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha propuesto crear una «alianza permanente entre las confesiones religiosas», una propuesta al estilo de la Alianza de Civilizaciones, que estaría vinculada a ésta y a la ONU. Esta proposición incluye crear una «autoridad religiosa global» basada en dos pilares: el respeto al pluralismo religioso, la paz y la libertad, y la condena de toda violencia. Eso sí, ha advertido de que, para ser útil, ese diálogo ecuménico no debe ser sólo sobre la fe, sino estar abierto a la sociedad. Zapatero cree que sería «muy deseable» un diálogo de los líderes religiosos de todas las confesiones con organizaciones feministas, porque cree que las religiones «tienen un problema» con los derechos de las mujeres, y que ese asunto tiene «gran influencia en la forma de entender la vida».
El ex-presidente de gobierno de España  se ha expresado así en un coloquio sobre el papel del diálogo interreligioso en la promoción de la paz. A su juicio, los líderes religiosos deberían trabajar conjuntamente en cuatro campos: juventud, medios, migraciones y educación -en ellos trabaja ya la Alianza de Civilizaciones promovida por el propio Zapatero–.
Además, cree que la primera tarea de los líderes religiosos debería ser la paz en Oriente Próximo, que a su juicio es el «tumor primario» de la inestabilidad en la región. Así, ha pedido a los líderes del judaísmo, el islamismo y el cristianismo un llamamiento «ecuménico» y un «compromiso renovado» a favor de la pazen Oriente Próximo, en colaboración con la ONU, «que debe ser la gran institución para la paz».
Zapatero se ha referido en concreto a los enfrentamientos entre Israel y Hamás y ha reclamado una «alianza liderada por la ONU para el cese inmediato del uso de la fuerza y la violencia en Gaza» y la puesta en marcha de una mesa de paz. Como primer paso, ha pedido exigir a ambas partes que acepten un alto el fuego inmediato y que se vuelva a la iniciativa de paz árabe del año 2000.

Ninguna religión es la única verdadera

A su modo de ver, la clave es que ninguna religión puede planterse como «excluyente» ni pretender que sus creencias son las únicas verdaderas, sino que la única «verdad es la libertad, el respeto a todas las confesiones». «No hay herejes, hay personas que piensan que manera diferente o tienen diferentes ideas y en nombre de ninguna fe puede ampararse el odio y el fanatismo», ha remachado.

viernes, 27 de junio de 2014

Se presenta el Instrumentum Laboris para el Sínodo Extraordinario sobre la Familia.



(Aica) El cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sínodo de los Obispos, presentó hoy en el Vaticano el instrumento de trabajo de la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará del 5 al 19 de octubre de 2014, y que lleva el título «Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización».

El Instrumentum Laboris, es el resultado de la investigación promovida por el Documento Preparatorio, que incluía un cuestionario de 39 preguntas el cual «ha recibido una acogida positiva y una amplia respuesta, tanto del pueblo de Dios como en la opinión pública general», ha indicado el cardenal Baldisseri.
Asimismo, ha precisado que se han celebrado tres reuniones del Consejo de Secretaría, dos reuniones interdicasteriales, la difusión de la Oración del Papa por el Sínodo de la familia, realizadas en tres Basílicas dedicadas a la Sagrada Familia (Nazaret, Loreto y Barcelona), numerosas intervenciones del Secretario general, conferencias y simposios.

Evangelio de la familia

El texto se divide en tres partes, según el Documento Preparatorio. La primera parte, ha explicado el cardenal Baldisseri, está dedicada al Evangelio de la familia, el plan de Dios, el conocimiento bíblico, magisterial y la recepción de la ley natural y de la vocación de la persona. «El hallazgo del escaso conocimiento de la enseñanza de la Iglesia pide a los trabajadores pastorales una mayor preparación y el compromiso a favorecer la comprensión por parte de los fieles, que viven en contextos culturales y sociales diferentes», ha precisado.

Desafíos pastorales

La segunda parte afronta los desafíos pastorales inherentes a la familia, como la crisis de la fe, las situaciones críticas internas, las presiones externas y otros problemas. «A la responsabilidad de los pastores compete la preparación al matrimonio, hoy cada vez más necesaria, para que los novios maduren su elección como adhesión pastoral de fe al Señor, para edificar su familia en bases sólidas», ha observado el purpurado.
Al respecto, ha señalado que son consideradas de forma particular las situaciones pastorales difíciles «que tienen que ver con las parejas que viven juntas y las parejas de hecho, los separados, los divorciados, los divorciados vueltos a casar y sus hijos, las madres adolescentes, los que se encuentran en condiciones de irregularidad canónica y los que piden el matrimonio sin ser creyentes o practicantes». El Secretario del Sínodo ha señalado que urge permitir a las personas heridas sanar y reconciliarse. Por eso, «es necesaria una pastoral capaz de ofrecer la misericordia que Dios concede a todos sin medida».
  • Con respecto a las parejas que conviven, con vínculo jurídico o sin él, ha añadido que «la Iglesia siente el deber de acompañar estas parejas en la confianza de ser capaz de llevar una responsabilidad, como la del matrimonio, que no es demasiado grande para ellos».
  • Sobre los divorciados vueltos a casar «que viven con sufrimiento su condición de irregulares en la Iglesia», ha dicho, la Iglesia desea «encontrar soluciones compatibles con su enseñanza, que conduzcan a una vida serena y reconciliada».
  • A propósito de esto, dijo, se contempla la necesidad de simplificar y acelerar los procedimientos judiciales de nulidad matrimonial.
  • El cardenal también ha señalado la importancia de hacer cursos de formación al matrimonio mejores cualitativamente y hacer un seguimiento al matrimonio después de la boda. 

Apertura a la vida y transmisión de la fe a los hijos

La tercera parte del documento indicó el cardenal Baldisseri, presenta en primer lugar «las temáticas relativas a la apertura a la vida, como el conocimiento y las dificultades en la recepción del Magisterio, las sugerencias pastorales, la praxis sacramental y la promoción de una mentalidad abierta a la vida». Sobre la responsabilidad educativa de los padres, «emerge la dificultad en el transmitir la fe a los hijos, que se concretiza en la iniciación cristiana.
Por otro lado, el purpurado ha indicado que el tema de la próxima Asamblea General Ordinaria del 2015 es «Jesucristo revela el misterio y la vocación de la familia».

El Instrumentum laboris es entregado a los miembros de derecho de la Asamblea Sinodal para que sea estudiado y valorado por las respectivas Conferencias Episcopales, para llegar a la presentación de la intervención que cada presidente ofrecerá a la Asamblea, como aportación específico a los trabajos sinodales.
Por otro lado, ha señalado que el documento  es el comienzo de una reflexión profunda cuyo desarrollo se realizará en dos etapas: la Asamblea General Extraordinaria (2014) y la Ordinaria (2015), estrechamente unidas por el tema de la familia a la luz del Evangelio de Cristo. Los resultados de la Asamblea Extraordinaria serán utilizados para la preparación del Instrumentum Laboris de la Asamblea Ordinaria, después de la cual será publicado un Documento final, sometido a la decisión del Santo Padre.
Al finalizar, el cardenal Baldisseri ha informado que el domingo 28 de septiembre habrá un jornada de oración por el Sínodo así como la adoración eucarística cotidiana, durante los trabajos sinodales, en la Capilla de la Salus Populi Romani de Santa María la Mayor en Roma.



Ver también

viernes, 13 de junio de 2014

A cuenta de nuestra situación social y politica.

 Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Díaz entró.
Sesenta pendones lleva detrás el Campeador.
Todos salían a verle, niño, mujer y varón,
a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó.
¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
Y de los labios de todos sale la misma razón:
"¡Que buen vasallo sería si tuviese buen señor!"

Cuenta la leyenda que Rodrigo Díaz de Vivar cometió la osadía real de hacer jurar en Santa Agueda al rey Alfonso VI que no había tenido nada que ver en la muerte de su hermano Sancho II, del que Rodrigo era primer alférez.

Esta escena le costó el destierro al Campeador y construyó una imagen de hombre de honor ante la usurpación del trono a nuestro caballero medieval más famoso. Así, a su salida de Burgos la gente decía: ¡Que buen vasallo sería si tuviese buen señor!

Padecemos una sociedad parcialmente adormilada con una clase dirigente (politica, empresarial, sindical, social...) mediocre instalada en las viejas fórmulas incapaz de hacer frente a un mundo global que cambia a una velocidad vertiginosa. Esta incapacidad hunde sus raíces en la comodidad de los status quo preestablecidos y en la negación permanente de la responsabilidad de nuestro presente. No se trata de qué o quién hizo mal en el breve periodo precrisis si no en la debilidad estructural del edificio que ellos construyeron como generación. Ahora, como por inercia pretenden primero perpetuarse para después volver a tropezar con las mismas piedras.

Pero en medio de este desaguisado, existen a gente sencilla .diriamos de bajo rango-  que continúan las viejas labores de lucha permanente contra la injusticia desde su pequeñas parcelas, renunciando a quedarse en su sofá viendo por la tele como se derrumba el mundo. Los/as antidesahucios, los/as defensores/as del medio ambiente, los jubilados/as de los bancos de alimentos... sufragan sus propias cruzadas como en tiempos pasados haría el ideal hidalgo. En paralelo, existen cientos de buenos soldados en ejércitos sin mando o con oficiales que representan lo mismo que un uniforme hueco, ejercen presión desde dentro de las estructuras clásicas conocedores de la realidad que se palpa a ras de acera. El Teniente Coronel Lewis ‘Chesty’ Puller se dirigía así a los marines que lucharían en la batalla del pacífico durante la II Guerra Mundial: "Vosotros, Suboficiales, sois los tendones y el músculo del núcleo. Las órdenes vienen de las estrellas... Y cuando quiera que este guerra acabe... la estrategia habrá sido de otros; la victoria habrá sido ganada por vosotros. Vosotros, los Suboficiales, con los galones en vuestras mangas, el instinto en vuestras agallas y la sangre en vuestras botas." Así se ejerce el liderazgo, siendo consciente de que el éxito solo pasa por la base, por el núcleo...

Los liderazgos de nuestra sociedad occidental son más a la manera del Rey Alfonso VI que a la de "Chesty" y esto explica muchas cosas por no decir casi todas y quizás, sólo quizás, hay quien debería pensar en cuantos destierros se están padeciendo en las estructuras clásicas. Por otra parte, nosotros, la base, quizás y sólo quizás, deberíamos pensar en el ejemplo del Cid que prefirió el destierro a asumir un liderazgo deshonesto, ...

lunes, 12 de mayo de 2014

«La Vocación del Líder Empresarial», una guía al servicio del bien común.

Principios prácticos que pueden guiar a los directivos y dirigentes empresariales


(PPE/InfoCatólica) Se trata, afirma la nota, de una reflexión, la primera que emana de la Iglesia dirigida expresamente a los empresarios, acerca de un conjunto de principios prácticos que pueden guiar a los directivos y dirigentes empresariales, a los miembros de sus instituciones y a los grupos implicados o con intereses en la empresa, en su servicio al bien común.
«La Iglesia no renuncia a la esperanza de que los líderes empresariales cristianos, a pesar de la oscuridad actual, restauren la confianza, inspiren esperanza, y mantengan encendida la luz de la fe que alimenta su búsqueda cotidiana del bien», según las propias palabras del Cardenal Turkson.presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz», quien dirigió la elaboración del documento.
El acto fue introducido por Luis Hernando de Larramendi, presidente de Acción Social Empresarial, entidad que forma parte de UNIAPAC ( Unión Internacional de Empresarios Cristianos) que preside Jose María Simone, y contó con la participación de José Luis Bonet, presidente de Freixenet, Antonio Huertas, presidente de Mapfre, Manuel Giménez de Córdoba, presidente de Tragsa, así como del Cardenal Peter Turkson. Cerró el acto el Presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, Javier Salinas i Viñals, Obispo de Mallorca.


¿Que es el  Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz (Justicia y Paz)?.

El Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz (Justicia y Paz) es una parte de la Curia
Romana dedicada a "los estudios orientados a la acción" para la promoción internacional de la justicia, la paz y los derechos humanos desde la perspectiva de la Iglesia Católica. Con este fin, coopera con varios institutos religiosos y grupos de defensa, así como de organizaciones académicas, ecuménicas e internacionales.
Entre sus obras de referencia se encuentra el compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
.
El presidente actual del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz es el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson. El actual Secretario del Pontificio Consejo es el obispo Mario Toso, SDB. El actual subsecretario del Pontificio Consejo es Flaminia Giovanelli. Actualmente es la laica de más alto rango que trabaja en la Curia Romana.
Origen
El Concilio Vaticano II">Concilio Vaticano II propuso la creación de un órgano de la Iglesia universal, cuya función fuera "estimular a la comunidad católica para promover el progreso en las regiones necesitadas y la justicia social en la escena internacional". Fue en respuesta a esta petición que el Papa Pablo VI creó la Comisión Pontificia de "Justicia y Paz" por un Motu Proprio el 6 de enero de 1967 (Catholicam Christi Ecclesiam). Dos meses más tarde, en la Populorum progressio, Pablo VI habla sucintamente del nuevo órgano sobre que "su nombre, es también su programa, la Justicia y la Paz" (n. 5). Esto y la title=Encíclica>encíclica Gaudium et spes, fueron los textos fundadores y los puntos de referencia para este nuevo órgano. Después de un período experimental de diez años, Pablo VI dio a la Comisión su estado definitivo con el Motu Proprio Iustitiam et Pacem, de 10 de diciembre de 1976. Cuando la Constitución Apostólica Pastor Bonus del 28 de junio de 1988 reorganizó la Curia Romana, el Papa Juan Pablo II cambió el nombre de Comisión por Pontificio Consejo, y volvió a confirmar las líneas generales de su trabajo.
Los objetivos y el mandato
La Pastor Bonus definió los objetivos y el mandato del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz en los siguientes términos:
 "El Consejo promoverá la justicia y la paz en el mundo, a la luz del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia (art. 142 ). § 1. Se va a profundizar la doctrina social de la Iglesia y el intento de hacerla conocida y aplicada, tanto por los individuos y las comunidades, especialmente en lo que respecta a las relaciones entre trabajadores y empleadores. Estas relaciones deben ser cada vez más marcadas por el espíritu del Evangelio §2. Se reunirán y evaluaran los distintos tipos de información y los resultados de la investigación en la justicia y la paz, el desarrollo de los pueblos y las violaciones de los derechos humanos. En su caso, informará de ello a las asambleas de obispos las conclusiones obtenidas. Se hará fomentar las relaciones con las organizaciones católicas internacionales y con otros organismos, ya sean o no católicos, que están sinceramente comprometidos con la promoción de los valores de la justicia y la paz en el mundo §3. Se aumentará la conciencia de la necesidad de promover la paz, por encima de todo con motivo del title="Día Mundial de la Paz (aún no redactado)">Día Mundial de la Paz
(art. 143). Se mantienen estrechas relaciones con la Secretaría de Estado, especialmente cuando se trata públicamente con problemas de la justicia y la paz en sus documentos o declaraciones (art. 144)".
Estructura
El Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz tiene un presidente, asistido por un secretario y un subsecretario, todos nombrados por el Santo Padre para un período de cinco años. Un equipo de laicos, religiosos y sacerdotes de diferentes nacionalidades, trabaja con ellos para llevar a cabo los programas y actividades del Consejo. El Santo Padre nombra también a unos cuarenta miembros y consultores que prestan servicios a título personal por un período de cinco años. Procedentes de diferentes partes del mundo, los miembros se reúnen en text-decoration:none;text-underline:none'>Roma
a intervalos regulares para una Asamblea Plenaria en la que cada uno de ellos, de acuerdo con sus antecedentes y experiencia profesional o pastoral, contribuye a la planificación general de las actividades del Consejo. Un punto culminante en la vida del consejo, es la asamblea plenaria, es un momento de auténtico discernimiento de los signos de los tiempos". Los consultores, algunos de los cuales son expertos en la doctrina social de la Iglesia, pueden ser llamados a participar en grupos de trabajo sobre temas específicos.

miércoles, 5 de marzo de 2014

El Papa Francisco habla de su primer año de pontificado.

En una entrevista concedida a Ferruccio de Bortoli, director del periódico italiano Corriere della Sera, que el diario argentino La Nación publica en forma simultánea y exclusiva, el papa Francisco habla de su primer año de pontificado. El Santo Padre habla de su relación con Benedicto XVI, su forma de gobernar la Iglesia, su mensaje pastoral, su rechazo a la «franciscomanía», los abusos sexuales, los pobres, la cuestión de los divorciados vueltos a casar, el papel de la mujer en la Iglesia, el control de la natalidad, etc.

(Corriere della Sera/La Nacion) Un año ha transcurrido desde aquel simple buona sera que conmovió al mundo. El lapso de doce meses tan intensos no alcanza para contener la gran masa de novedades y signos profundos de la innovación pastoral de Francisco. Nos encontramos en un pequeño salón en Santa Marta. La única ventana da a un patio que abre un minúsculo ángulo de cielo azul. El Papa aparece de improviso por una puerta, con la cara distendida y sonriente. Se divierte con los varios grabadores que la ansiedad senil del periodista colocó sobre la mesa. «¿Funcionan todos? ¿Sí? Menos mal.» ¿El balance de este año? No, los balances no le gustan. «Yo sólo hago balance cada 15 días, con mi confesor.»
- Santo Padre, usted cada tanto llama por teléfono a los que le piden ayuda. Y algunas veces no le creen que sea usted?
Sí, ya me ha pasado. Cuando uno llama es porque tiene ganas de hablar, una pregunta que hacer, un consejo que pedir. Cuando era cura en Buenos Aires, era más fácil. Y a mí me quedó esa costumbre. Es un servicio. Me sale así. Pero es cierto que ahora no es tan fácil hacerlo, dada la cantidad de gente que me escribe.
- ¿Hay alguno de esos contactos que recuerde con particular afecto?
Una señora viuda de 80 años que había perdido a su hijo. Me escribió. Y ahora le pego una llamadita una vez por mes. Ella está feliz, y yo hago de cura. Me gusta.
- Respecto de su relación con su predecesor, Benedicto XVI, ¿alguna vez le pidió un consejo?
Sí, el Papa emérito no es una estatua de museo. Es una institución, a la que no estábamos acostumbrados. Sesenta o setenta años atrás, la figura del obispo emérito no existía. Eso vino después del Concilio Vaticano II, y actualmente es una institución. Lo mismo tiene que pasar con el Papa emérito. Benedicto es el primero y tal vez haya otros. No lo sabemos. Él es discreto, humilde, no quiere molestar. Lo hablamos y juntos llegamos a la conclusión de que era mejor que viera gente, que saliera y participara de la vida de la Iglesia. Una vez vino hasta acá en ocasión de la bendición de la estatua de San Miguel Arcángel, después a un almuerzo en Santa Marta, y después de Navidad le devolví la invitación a participar del consistorio, y él aceptó. Su sabiduría es un don de Dios. Algunos hubiesen querido que se retirara a una abadía benedictina muy lejos del Vaticano. Y yo pensé en los abuelos, que con su sabiduría y sus consejos le dan fuerza a la familia y no merecen terminar en una casa de retiro.
- A nosotros nos parece que su modo de gobernar la Iglesia es así: usted escucha a todos y después decide solo. Un poco como el padre general de los jesuitas. ¿El Papa es un hombre solo?
Sí y no, pero entiendo lo que me quiere decir. El Papa no está solo en su trabajo porque es acompañado por el consejo de muchos. Y sería un hombre solo si decidiese sin escuchar a nadie o fingiendo que escucha. Pero hay un momento, cuando se trata de decidir, de poner la firma, en el cual queda solo con su sentido de la responsabilidad.
- Usted ha innovado, ha criticado algunas actitudes del clero, ha revolucionado la curia. Con algunas resistencias y algunas oposiciones. ¿La Iglesia ya cambió como usted quería hace un año?
Yo en marzo pasado no tenía ningún proyecto para cambiar la Iglesia. No me esperaba, por decirlo de alguna manera, esta transferencia de diócesis. Empecé a gobernar buscando poner en práctica todo lo que había surgido en el debate entre los cardenales de las diversas congregaciones. Y en mis acciones espero contar con la inspiración del Señor. Le doy un ejemplo. Se había hablado de la situación espiritual de las personas que trabajan en la curia, y entonces empezaron a hacer retiros espirituales. Había que darles más importancia a los ejercicios espirituales anuales: todos tienen derecho a pasar cinco días de silencio y meditación, mientras que antes en la curia se escuchaban tres rezos al día y después algunos seguían trabajando.
- ¿La ternura y la misericordia son la esencia de su mensaje pastoral?
Y del Evangelio. Son el corazón del Evangelio. De lo contrario, no se entiende a Jesucristo, ni la ternura del Padre, que lo envía a escucharnos, a curarnos, a salvarnos.
- ¿Pero ese mensaje fue comprendido? Usted dijo que la «franciscomanía» no duraría mucho. ¿Hay algo de su imagen pública que no le guste?
Me gusta estar entre la gente, junto a los que sufren, y andar por las parroquias. No me gustan las interpretaciones ideológicas, una cierta mitología del papa Francisco. Cuando se dice, por ejemplo, que salgo de noche del Vaticano para ir a darles de comer a los mendigos de Via Ottaviano... Jamás se me ocurriría. Sigmund Freud decía, si no me equivoco, que en toda idealización hay una agresión. Pintar al Papa como si fuese una especie de Superman, una especie de estrella, me resulta ofensivo. El Papa es un hombre que ríe, llora, duerme tranquilo y tiene amigos como todos. Es una persona normal.
- ¿Le molestó que lo acusaran de marxista , sobre todo en Estados Unidos, tras la publicación de «Evangelii Gaudium»?
Para nada. Nunca compartí la ideología marxista, porque es falsa, pero conocí a muchas personas buenas que profesaban el marxismo.
- Los escándalos que perturbaron la vida de la Iglesia ya quedaron afortunadamente atrás. Sobre el delicado tema del abuso de menores, los filósofos Besancon y Scruton, entre otros, le pidieron que alce su voz contra el fanatismo y la mala fe del mundo secularizado que respeta poco a la infancia.
Quiero decir dos cosas. Los casos de abusos son tremendos porque dejan heridas profundísimas. Benedicto XVI fue muy valiente y abrió el camino. Y siguiendo ese camino la Iglesia avanzó mucho. Tal vez más que nadie. Las estadísticas sobre el fenómeno de la violencia contra los chicos son impresionantes, pero muestran también con claridad que la gran mayoría de los abusos provienen del entorno familiar y de la gente cercana. La Iglesia Católica es tal vez la única institución pública que se movió con transparencia y responsabilidad. Ningún otro hizo tanto. Y, sin embargo, la Iglesia es la única en ser atacada.
- Usted dice que «los pobres nos evangelizan». La atención puesta en la pobreza, la más fuerte impronta de su mensaje, es tomada por algunos observadores como una profesión del pauperismo. El Evangelio no condena la riqueza. Y Zaqueo era rico y caritativo.
El Evangelio condena el culto a la riqueza. El pauperismo es una de las interpretaciones críticas. En el Medioevo, había muchas corrientes pauperistas. San Francisco tuvo la genialidad de colocar el tema de la pobreza en el camino evangélico. Jesús dice que no se puede servir a dos amos, Dios y el dinero. Y cuando seamos juzgados al final de los tiempos (Mateo, 25), nos preguntarán por nuestra cercanía con la pobreza. La pobreza nos aleja de la idolatría y abre las puertas a la Providencia. Zaqueo entrega la mitad de sus riquezas a los pobres. Y a quienes tienen sus graneros llenos de su propio egoísmo el Señor, al final, les pedirá cuentas. Creo haber expresado bien mi pensamiento sobre la pobreza en «Evangelii Gaudium».
- Usted identifica en la globalización, sobre todo financiera, algunos de los males que sufre la humanidad. Pero la globalización sacó de la indigencia a millones de personas. Trajo esperanza, un sentimiento que no debe confundirse con el optimismo.
Es cierto, la globalización salvó de la miseria a muchas personas, pero condenó a muchas otras a morir de hambre, porque con este sistema económico se vuelve selectiva. La globalización en la que piensa la Iglesia no se parece a una esfera en la que cada punto es equidistante del centro y en la cual, por lo tanto, se pierde la particularidad de los pueblos, sino que es un poliedro, con sus diversas facetas, en el que cada pueblo conserva su propia cultura, lengua, religión, identidad. La actual globalización «esférica» económica, y sobre todo financiera, produce un pensamiento único, un pensamiento débil. Y en su centro ya no está la persona humana, sólo el dinero.
- El tema de la familia es central para la actividad del consejo de los ocho cardenales. Desde la exhortación «Familiaris Consortio», de Juan Pablo II, muchas cosas cambiaron. Se esperan grandes novedades. Y usted dijo que a los divorciados no hay que condenarlos, hay que ayudarlos.
Es un largo camino que la Iglesia debe completar. Un proceso que quiere el Señor. Tres meses después de mi elección, me fueron sometidos los temas para el sínodo, y nos propusimos discutir sobre cuál es el aporte de Jesús al hombre contemporáneo. Pero al final, gradualmente -que para mí es un signo de la voluntad de Dios-, se decidió discutir sobre la familia, que atraviesa una crisis muy seria. Es difícil formar una familia. Los jóvenes ya no se casan. Hay muchas familias separadas, cuyo proyecto de vida común fracasó. Los hijos sufren mucho. Y nosotros tenemos que dar una respuesta. Pero para eso hay que reflexionar mucho y en profundidad. Es eso lo que están haciendo el consistorio y el sínodo. Hay que evitar quedarse en la superficie del tema. La tentación de resolver los problemas desde la casuística es un error, una simplificación de cosas profundas. Es lo que hacían los fariseos: una teología muy superficial. Y es a la luz de esa reflexión profunda que podrán afrontarse seriamente las situaciones particulares, también la de los divorciados.
- ¿Por qué el informe del cardenal Walter Kasper en el último consistorio (un abismo entre la doctrina sobre matrimonio y familia y la vida real de muchos cristianos) generó tanta división entre los purpurados? ¿Cree que la Iglesia podrá recorrer esos dos años de fatigoso camino para llegar a un consenso amplio y sereno?
El cardenal Kasper hizo una hermosa y profunda presentación, que muy pronto será publicada en alemán, en la que aborda cinco puntos, el quinto de los cuales es el de las segundas nupcias. Más me hubiese preocupado que en el consistorio no se desatara una discusión intensa, porque no habría servido de nada. Los cardenales sabían que podían decir lo que quisieran, y presentaron puntos de vista diferentes, que siempre son enriquecedores. El debate abierto y fraterno hace crecer el pensamiento teológico y pastoral. Eso no me atemoriza. Es más: lo busco.
- En un pasado reciente, era habitual referirse a «valores no negociables», sobre todo en cuestiones de bioética y de moral sexual. Usted no ha usado esa fórmula. ¿Esa elección es señal de un estilo menos preceptivo y más respetuoso de la conciencia individual?
Nunca entendí la expresión «valores no negociables». Los valores son valores y basta. No puedo decir cuál de los dedos de la mano es más útil que el resto, así que no entiendo en qué sentido podría haber valores negociables. Lo que tenía para decir sobre el tema de la vida lo he dejado por escrito en «Evangelii Gaudium».
- Muchos países regularon la unión civil. Es un camino que la Iglesia puede comprender, pero ¿hasta qué punto?
El matrimonio es entre un hombre y una mujer. Los Estados laicos quieren justificar la unión civil para regular diversas situaciones de convivencia, impulsados por la necesidad de regular aspectos económicos entre las personas, como, por ejemplo, la obra social. Hay que ver cada caso y evaluarlos en su diversidad.
- ¿Cómo será promovido el rol de la mujer dentro de la Iglesia?
Tampoco en esto ayuda la casuística. Es verdad que la mujer puede y debe estar más presente en los puestos de decisión de la Iglesia. Pero a esto yo lo llamaría una promoción de tipo funcional. Y sólo con eso no se avanza demasiado. Más bien hay que pensar que la Iglesia lleva el artículo femenino, «la»: es femenina desde su origen. El teólogo Urs von Balthasar trabajó mucho sobre este tema: el principio mariano guía a la Iglesia de la mano del principio petrino. La Virgen es más importante que cualquier obispo y que cualquiera de los apóstoles. La profundización teologal ya está en marcha. El cardenal Rylko, junto al Consejo de los Laicos, está trabajando en esta dirección con muchas mujeres expertas.
- Medio siglo después de la encíclica «Humanae Vitae», de Pablo VI, ¿puede la Iglesia retomar el tema del control de la natalidad?
Todo depende de cómo sea interpretado el texto de «Humanae Vitae». El propio Pablo VI, hacia el final, recomendaba a los confesores mucha misericordia y atención a las situaciones concretas. Pero su genialidad fue profética, pues tuvo el coraje de ir contra la mayoría, de defender la disciplina moral, de aplicar un freno cultural, de oponerse al neomalthusianismo presente y futuro. El tema no es cambiar la doctrina, sino ir a fondo y asegurarse de que la pastoral tenga en cuenta las situaciones de cada persona y lo que esa persona puede hacer. También de eso se discutirá en los preliminares del sínodo.
- La ciencia evoluciona y redibuja los confines de la vida. ¿Tiene sentido prolongar la vida en estado vegetativo? ¿El testamento biológico podría ser una solución?
No soy un especialista en argumentos bioéticos, y temo equivocarme en mis palabras. La doctrina tradicional de la Iglesia dice que nadie está obligado a usar métodos extraordinarios cuando alguien está en su fase terminal. Pastoralmente, en estos casos, yo siempre he aconsejado los cuidados paliativos. En casos más específicos, de ser necesario, conviene recurrir al consejo de los especialistas.

lunes, 20 de enero de 2014

COLEGIALIDAD Y EJERCICIO DE LA POTESTAD SUPREMA DE LA IGLESIA.

lunes 20 de enero de 2014 COLEGIALIDAD Y EJERCICIO DE LA POTESTAD SUPREMA DE LA IGLESIA Texto íntegro de la conferencia del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Müller

1. El nuevo impulso de la "Evangelii gaudium"

Al hablar de la Iglesia solo podemos hacerlo con motivo de la cuestión sobre Dios y el conocimiento de su presencia humana para el mundo en Jesucristo.

Las guerras civiles y el terrorismo, la pobreza y la explotación, la situación de los refugiados, las muertes de drogadictos, el incremento de los suicidios, la adición a la pornografía en un 20% de la juventud, la crisis de sentido y la desorientación espiritual y moral de millones de personas, etc., todas estas tragedias globales y cotidianas hacen que sobrevenga a la Iglesia de Dios la tarea trascendental de dar nuevamente esperanza a la humanidad.

Pero la Iglesia no es la Luz, ella solo puede dar testimonio de la Luz que ilumina a cada hombre, es decir, un testimonio de Jesús, el Hijo de Dios y Redentor de todos los hombres. En este conocimiento de Dios, se decide si el ser humano es consciente de su vocación divina y si tiene un futuro en este mundo y más allá de él.

Una Iglesia que solo girase en torno a los propios problemas estructurales, sería espantosamente anacrónica y ajena al mundo, pues en su ser y misión, no es otra cosa que la Iglesia del Dios trinitario, origen y destino de cada hombre y de todo el universo.

Un reajuste de independencia y colaboración de las Iglesias locales, de la colegialidad episcopal y del Primado del Papa nos permitirá no perder de vista la exigencia trascendental de la cuestión sobre Dios. El Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica "Evangelii gaudium", habla de una saludable “descentralización”. La vida de la Iglesia no puede concentrarse de tal forma en el Papa y su Curia, como si en las parroquias, comunidades y diócesis tuviera lugar sólo algo secundario. Papa y Obispos se remiten más bien a Cristo, el único que da esperanza a los seres humanos.

El Papa no puede ni debe abarcar centralmente desde Roma las diversas condiciones de vida que se le presentan a la Iglesia en las distintas naciones y culturas, ni resolver por sí mismo los problemas de cada lugar. Una centralización exagerada de la administración no ayudaría a la Iglesia sino que más bien impediría su dinámica misional (EG 32). Por eso un ejercicio reformado del Primado también pertenece a la nueva evangelización, tema del último Sínodo de los Obispos (7-28/10/2012). Este ejercicio incumbe a las estructuras de la dirección universal de la Iglesia, concretamente, a los Dicasterios de la Curia Romana, de los que el Papa se sirve en el ejercicio de la Potestad suprema, plena e inmediata, sobre toda la Iglesia. Éstos, “en consecuencia, realizan su labor en su nombre y bajo su autoridad, para bien de las Iglesias y servicio de los sagrados pastores” (CD 9).

En este contexto de la nueva evangelización, también los Obispos, los Sínodos y las Conferencias Episcopales deben ejercer una mayor responsabilidad que incluya “una cierta competencia magisterial”, pues ésta les corresponde por la consagración y la misión canónica, y no sólo por una habilitación Papal especial: “Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica” (LG 25).

El magisterio Papal no sustituye al magisterio de los Obispos y su acción conjunta a nivel nacional o continental (por ejemplo, los documentos del CELAM: Puebla, Medellín, Santo Domingo, Aparecida), sino que lo presupone y exige por la responsabilidad de los Obispos para la Iglesia entera (EG 16).

Sobre este tema, el Papa se refiere expresamente al Motu Proprio "Apostolos suos" (1998), en el que Juan Pablo II, basándose en el Concilio Vaticano II, describió más de cerca las competencias de las Conferencias Episcopales. Con esto, no se ha dado la señal para un cambio de dirección o una “revolución en el Vaticano”, en contraposición con interpretaciones superficiales. La Iglesia solo podría permitirse luchas de poder y disputas de competencias so pena de la pérdida de su tarea misional.

Según la síntesis eclesiológica del Vaticano II, debemos excluir una interpretación antagónica o dialéctica de la relación entre la Iglesia Universal y las Iglesias locales. Los extremos históricos del Papismo/Curialismo por una parte, y por otra del Episcopalismo/(Conciliarismo/ Galicanismo/ Febronianismo/ Veterocatolicismo) solo nos demuestran, de que formas no funciona la Iglesia, y que la absolutización de un elemento constitutivo a expensas de otro contradice la confesión de Ecclesia una, sancta, catholica et apostolica. La unidad fraternal de los Obispos de la Iglesia Universal cum et sub Petro se fundamenta en la sacramentalidad de la Iglesia, y con ello, en el derecho divino. Solo a precio de una desacralización de la Iglesia podría realizarse una lucha de poder entre fuerzas centralistas y particularistas. Al final quedaría una Iglesia secularizada y politizada, que solo se diferenciaría en grado de una ONG, y esto sería un contraste completo respecto a la Exhortación Apostólica "Evangelii gaudium".

Según el género literario, este escrito no es dogmático sino un texto parenético. Se presupone como su base dogmática, se presupone la doctrina sobre la Iglesia expuesta en "Lumen gentium" con la más alta vinculación magisterial (EG 17). Al Papa le interesa con ello una superación tanto del letargo y de la resignación ante la secularización extrema, como un final de las disputas debilitantes dentro de la Iglesia entre ideologías tradicionalistas y progresistas

A pesar de todas las tormentas y vientos contrarios, la barquilla de Pedro debe volver a izar las velas de la alegría por Jesús, que está junto a nosotros. Y los discípulos deben asir sin miedo el timón para que la misión de la Iglesia avance llena de fuerza.

Cuando la Iglesia presenta hacia afuera una imagen de desgarramiento y hostilidad, no se puede esperar que alguien perciba la Iglesia como testigo creíble del amor de Dios ni que aprenda a amarla como su madre.

2. Origen de la unidad en Jesucristo

El Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática sobre la Iglesia "Lumen gentium", no se sitúa desde una determinación sociológico-inmanentista, como si la Iglesia fuese constituida desde una voluntad comunitarizante de miembros de una misma convicción religioso-moral.

La Iglesia tiene más bien su origen más profundo en la procedencia interno-divina del Hijo desde el Padre. En el Hijo todos los seres humanos ya están llamados desde la eternidad a participar en la vida divina. La comunidad de los hombres con Dios está ya prefigurada en Cristo desde el principio de la historia de la humanidad. Esta comunidad sería preparada historico-salvíficamente en el Pueblo de la Antigua Alianza, constituida finalmente en la venida del Señor y en la efusión del Espíritu Santo, y, después, revelada en la Iglesia de la nueva y definitiva Alianza (LG 2).

En tanto la Iglesia no es una organización puramente humana, la pregunta sobre su fundación socio-juridica, a través del Jesús “histórico”, es objetivamente inapropiada y resulta anacrónica desde una hermenéutica teológica de la revelación histórica. La Iglesia, más bien, se funda como comunidad de vida con Jesús, en su naturaleza divina y en su relación filial con el Padre; y se revela históricamente en su actuar como hombre, pues en su persona ha llegado el Reino de Dios. A esto pertenece la reunión de los discípulos, a quienes Él les da parte en su pleno poder y misión. Jesús, como el mediador escatológico del reinado de Dios (1.), a través de su anuncio, de sus obras salvíficas y, sobretodo, a través de su muerte en cruz y resurrección, ha fundado el Pueblo escatológico de la alianza como comunión de la humanidad con Dios, y ha dado (2.) parte en su misión a la comunidad que cree en él.

Son, por tanto, los dos elementos, la comunión y la misión, los que constituyen a la comunidad de los discípulos de Jesús como signo e instrumento de unidad de los hombres con Dios y de unidad entre ellos mismos. Por tanto, la Iglesia es esencialmente una sola, como servidora y mediadora de esa unión. La Iglesia no es la posterior suma de los individuos en su relación autónoma e inmediata con Dios, sino que está ya unida con Cristo orgánicamente como el cuerpo con la cabeza.

Cristo constituye como cabeza el principio de la unidad de todos los miembros del cuerpo. Solo así todos pueden alegrarse y sufrir con el otro, cuando el otro se alegra y sufre. La pluralidad de los miembros del cuerpo está en relación con la cabeza única (Gal 3,28): "totus Christus – caput et corpus". Cristo, como el sólo y único mediador, es el hombre escatológico, el nuevo Adán; y todos los miembros del cuerpo son introducidos en una relación filial con el Padre en el Espíritu Santo (Gal 4, 4-6).

Nos encontramos con la palabra “Iglesia”, que ya aparecía en los LXX como traducción griega para la asamblea del Pueblo de Dios, siempre en singular, y en relación con Dios –el Padre, Cristo, el Hijo, y el Espíritu Santo–: como el solo y único Pueblo de Dios, el sólo y único cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y el sólo y único Templo del Espíritu Santo. Esta Iglesia una, que subsiste en la Iglesia Católica (LG 8, respuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a una cuestión acerca de algunos aspectos relacionados con la doctrina sobre la Iglesia, 2, 2007), se sitúa por completo en el servicio de la mediación salvífica de Cristo, una y universal/católica, y es por ello necesariamente universal en su esencia y en su misión, es decir, católica, pues la Iglesia anuncia la salvación a todos los hombres.

El evangelio de Cristo libera a los hombres de su dispersión babilónica, y los convoca de entre la multitud de pueblos y lenguas a entrar en la unidad pentecostal del Pueblo único de Dios. Esta Iglesia única está presente en la multitud de pueblos y culturas, configurándolos con la única humanidad en Cristo, cabeza de toda la creación.

3. La Iglesia única en su misión universal y su concretización local

La sacramentalidad de la Iglesia se funda en la Encarnación. En analogía con la unidad divino-humana de Cristo, la Iglesia una, santa, católica y apostólica se fundamenta como una comunidad de vida con Dios espiritualmente invisible, y en tanto visible, como una sociedad constituida jerárquicamente. La unidad visible se muestra en la doctrina apostólica común, en la vida sacramental y en la constitución jerárquica. De este modo, la Iglesia no puede ser meramente una idea trascendente que unifica a los pueblos, es decir una civitas platonica.

Como Iglesia para la humanidad, en su dimensión constitucional espiritual y corporal y en su forma existencial histórica y social, ella se concretiza en las coordenadas de espacio y tiempo según las condiciones de vida culturales de los hombres. La Iglesia de la Palabra de Dios, Palabra que ha entrado en el espacio y tiempo, se realiza simultáneamente universal y localmente.

La Iglesia única y universal, dirigida por el Papa y los Obispos en comunión con él, existe en y desde las Iglesias locales. Este es el sentido de la fórmula “in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica existit” (LG 23). La misión de Cristo concierne a todos los seres humanos, de todos los lugares y de todos los tiempos. Y, con todo, Él mismo vivió en uno de los muchos lugares de la tierra y, durante un minúsculo espacio de tiempo, en la historia de la humanidad.

Esta misión se realizó históricamente una vez en el hombre Jesús de Nazaret, que ha vivido y actuado durante un tiempo determinado en un determinado lugar del mundo. Ya en el tiempo prepascual nos encontramos con la tensión entre misión universal y presencia local. Jesús elige para si a los Apóstoles a fin de enviarlos a aquellos lugares a los que Él mismo no podía ir. Después de la Pascua, Él envía a los Apóstoles al mundo entero, y les promete su presencia a todos juntos y a cada uno; de modo que el Cristo único está presente en la mediación de la multitud de apóstoles, mediadores de salvación en cada lugar del mundo y unificadores de la humanidad.

En este sentido, el concepto de “Iglesia” puede ser utilizado también para las Iglesias locales. La sola y única Iglesia de Dios esta presente como Iglesia universal en las Iglesias de Dios en Corinto, Roma, Tesalónica, etc. Y en cada lugar, los fieles no tienen que ver con otra cosa que no sea la Iglesia única de Cristo, en la cual el Espíritu Santo une entre sí a todos los bautizados, y los inserta en la unidad del Cuerpo de Cristo, de modo que todos son uno en Cristo y como hijos e hijas de Dios forman en Cristo la única familia Dei.

No se trata, por tanto, de una potestad espiritual etérea que se administra para la Iglesia universal y las Iglesias locales según las consideraciones políticas y las conveniencias estratégicas entre el Papa y los Obispos. Más bien Cristo ha llamado a los apóstoles conjuntamente –como Colegio–. Él mismo ha antepuesto al Apóstol Pedro como fundamento y principio de la unidad de la potestad apostólica única y de la misión para la Iglesia entera. La consagración episcopal muestra la naturaleza colegial de la función episcopal en la inserción del Obispo singular en la totalidad del Colegio con el Papa como cabeza, sin el cual, el Colegio no puede ejercer ninguna potestad universal en la función magisterial y pastoral. “La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles. Por su parte, los Obispos son, individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a partir de las cuales existe la Iglesia católica, una y única. Por eso, cada Obispo representa a su Iglesia, y todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad” (LG 23).

La determinación de la relación entre universalidad y particularidad resulta exitosa sólo desde una perspectiva consecuentemente cristológica y eclesiológica. No hay ninguna analogía para esta relación en comparación con formas de organización, estatales y no estatales, de sociedades humanas y empresas. De hecho, la unidad de la Iglesia se realiza en la particularidad local-eclesial, por ello una comunidad personal nunca puede ser Iglesia local en sentido propio, del mismo modo que la naturaleza de cada Iglesia local no puede ser otra cosa que la Iglesia universal en un lugar determinado.

Este hacerse presente recíproco es la comunión católica de la Iglesia, que se constituye como communio ecclesiarum. En esto podemos observar que la totalidad de la Iglesia no se puede entender como la mera suma de las porciones eclesiales, sino que la precede ontológica y temporalmente. El documento "Communionis notio", que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó en 1992, lo explica de la siguiente manera: “En efecto, ontológicamente, la Iglesia-misterio, la Iglesia una y única según los Padres precede la creación, y da a luz a las Iglesias particulares como hijas, se expresa en ellas, es madre y no producto de las Iglesias particulares. De otra parte, temporalmente, la Iglesia se manifiesta el día de Pentecostés en la comunidad de los ciento veinte reunidos en torno a María y a los doce Apóstoles, representantes de la única Iglesia y futuros fundadores de las Iglesias locales, que tienen una misión orientada al mundo: ya entonces la Iglesia habla todas las lenguas. De ella, originada y manifestada universal, tomaron origen las diversas Iglesias locales, como realizaciones particulares de esa una y única Iglesia de Jesucristo. Naciendo en y a partir de la Iglesia universal, en ella y de ella tienen su propia eclesialidad. Así pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: la Iglesia en y a partir de las Iglesias ("Ecclesia in et ex Ecclesiis"), es inseparable de esta otra: Las Iglesias en y a partir de la Iglesia ("Ecclesiae in et ex Ecclesia"). Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre Iglesia universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana” (n. 9).

4. La unidad de Primado y Episcopado

En el tercer capítulo de "Lumen gentium" se describe la unidad de la universalidad y de la particularidad. Se presupone aquí la constitución apostólica de las Iglesias locales. Esto significa que las Iglesias locales, como la Iglesia de Cristo, no son constituidas en absoluto por la voluntad asociacional de cada uno de los cristianos. Más bien es Cristo mismo, quien, mediante sus Apóstoles y los sucesores de éstos (en el munus praedicandi, sanctificandi et gubernandi), funda la Iglesia universal en y desde las Iglesias locales como communio ecclesiarum. Solo se puede hablar de Iglesia local, cuando ésta realiza visiblemente en el Obispo, sucesor de los Apóstoles, la unidad con las otras Iglesias locales y la unidad con el origen de la Iglesia en Cristo y los Apóstoles.

Esto se muestra en la unidad de la confesión apostólica y de la actualización sacramental-litúrgica de la salvación en Cristo. La Doctrina de los Obispos como sucesores de los Apóstoles, de su unidad colegial entre ellos, y de su unidad con el sucesor de Pedro como cabeza visible de toda la Iglesia y del Colegio Episcopal, es, por tanto, constitutiva para el concepto católico de Iglesia.

Solo desde este presupuesto se puede apreciar correctamente la consiguiente descripción de universalidad y particularidad como descripción de la unidad y unicidad de la Iglesia de Cristo: “Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de igual manera se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles. (…) El Colegio o Cuerpo de los Obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles. (…) Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios; y en cuanto agrupado bajo una sola Cabeza, la unidad de la grey de Cristo. Dentro de este Colegio los Obispos, respetando fielmente el primado y preeminencia de su Cabeza, gozan de potestad propia para bien de sus propios fieles, incluso para bien de toda la Iglesia porque el Espíritu Santo consolida sin cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad suprema sobre la Iglesia universal que posee este Colegio se ejercita de modo solemne en el concilio ecuménico. (…) Esta misma potestad colegial puede ser ejercida por los Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial o, por lo menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte libremente, para que sea un verdadero acto colegial” (LG 22).

La Iglesia católica subsiste en y desde las distintas Iglesias locales. Cada Iglesia local participa de la totalidad de la Iglesia mediante la unidad con ella y con su origen apostólico, a través de la unidad de la confesión de la fe, a través de la mediación salvífica con sus formas litúrgico-sacramentales, y a través de la Autoridad Apostólica, que se encarna y garantiza en el Obispo por la sucesión que se remonta a los Apóstoles.

Esta totalidad no impide sino que exige su señorío, el cual aflora mediante la inculturación con los pueblos y épocas de la historia. La Iglesia local de Roma es una entre muchas Iglesias locales, con la peculiaridad de que su fundación apostólica mediante el testimonio –verbi et sanguinis– de los Apóstoles Pedro y Pablo le otorga un primado en el testimonio conjunto y en la unidad de vida de la catholica communio. Debido a esta potentior principalitas, cada Iglesia local debe coincidir con ella (cf. Ireneo, adv. haer III, 3, 2). Según la sustancia de la fe, incluso en ambos Concilios Vaticanos no se ha añadido nada más sobre la catolicidad y particularidad, ni sobre la colegialidad de los Obispos y la orientación hacia la Cátedra de Pedro en doctrina y disciplina.

Las advertencias de la Congregación para la Doctrina de la fe sobre el Primado del Sucesor del Pedro en el misterio de la Iglesia (1998) determinan, por ello, resumidamente: “Las características del ejercicio del Primado deben entenderse sobre todo a partir de dos premisas fundamentales: la unidad del Episcopado y el carácter episcopal del Primado mismo. Al ser el Episcopado una realidad ‘una e indivisa’, el Primado del Papa comporta la facultad de servir efectivamente a la unidad de todos los Obispos y de todos los fieles, y ‘se ejerce en varios niveles, que se refieren a la vigilancia sobre la transmisión de la Palabra, la celebración sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y la vida cristiana’; a estos niveles, por voluntad de Cristo, en la Iglesia todos – tanto los Obispos como los demás fieles – deben obediencia al Sucesor de Pedro, el cual también es garante de la legítima diversidad de ritos, disciplinas y estructuras eclesiásticas entre Oriente y Occidente” (n. 8).

5. Papa y Obispos al servicio de la Iglesia única

Es importante interpretar el ministerio episcopal como realidad sacramental en la Iglesia sacramental y no confundirlo con el servicio de un moderador de puras asociaciones humanas.

Pues el Episcopado es un Ministerio instituido para siempre (LG 18). Los “Obispos, puestos por el Espíritu Santo” (Hch 20, 28), se sitúan en el lugar de Dios ante el Rebaño de Cristo (LG 19). En la consagración sacramental actúa de tal modo el Espíritu, que, “los Obispos, de modo visible y eminente, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice, y actúan en lugar suyo” (LG 21). Ellos son “vicarios y legados de Cristo” (LG 27) en el ejercicio de su servicio.

Ya el hecho de que en la ordenación sacramental del sucesor se hace referencia a la consagración mediante “Obispos vecinos de otras Iglesias” indica la dimensión colegial y universal-eclesial del Episcopado. Ninguna comunidad se constituye sola ni a sí misma ni su ministerio. La consagración episcopal integra al Obispo emblemáticamente en el Colegio Episcopal y le confiere una responsabilidad para la única Iglesia Católica extendida por el mundo, que subsiste en la communio ecclesiarum.

El Obispo es en su Iglesia local “principio y fundamento visible de unidad” (LG 23). Esto se relaciona con la comunión de todos los fieles y el colegio de quienes ostentan un cargo: presbíteros, diáconos y demás oficios eclesiales. El único oficio episcopal no agota la pluralidad de misiones y servicios. A través del oficio episcopal, no solo se impide el desmoronamiento de los servicios individuales, sino que también se exige la pluralidad de servicios en cada uno de los miembros y se asegura la unidad de la misión de la Iglesia única en martirio, diaconía y liturgia.

En tanto que el colegio del Obispo sirve a la unidad de la Iglesia, éste debe portar en sí mismo el principio de esa unidad. Por ello el Obispo solo puede ser Obispo de una Iglesia local y no el presidente de una federación de alianzas eclesiales regionales y continentales. Y su colegio no puede ser sólo un principio objetivo puro (decisión mayoritaria, delegación de derechos a un gremio de dirección elegido, etc.). En tanto que en la esencia interior del oficio episcopal se trata de un testimonio personal, el principio de la unidad del episcopado mismo se encarna en una persona.

Según la concepción católica, el principio personal de la unidad, tanto en el origen como en su aplicación actual, se da en el Obispo de Roma. Como Obispo, él es el sucesor de Pedro, quien en persona encarna la unidad del Colegio Apostólico. Para una teología del Primado resulta decisiva la descripción del servicio de Pedro como una misión episcopal, como también el conocimiento de que este Oficio no es de derecho humano sino divino, en tanto en cuanto solo puede ser ejercido en la Potestad de Cristo, en virtud de un carisma entregado personalmente a su portador en el Espíritu Santo.

“Jesucristo, Pastor eterno (…) para que el mismo Episcopado fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión” (LG 18; DH3051).

El Papa sugiere en "Evangelii gaudium" una praxis corregida, correspondiente a la civilización global y digitalizada de hoy. Aunque Primado y Episcopado pertenecen a la esencia de la Iglesia, las formas de su realización en la historia son necesariamente diversas. La invitación del Papa a una renovada percepción de la Colegialidad de los Obispos es lo contrario a una relativización del servicio que Cristo le ha encomendado de forma inmediata, es decir: un servicio a la unidad de todos los Obispos y fieles en la fe revelada, un servicio a la vida común desde la gracia sacramental, y un servicio a la misión de mediar la unidad de los hombres en Dios (LG 1).

En tanto que el Episcopado tiene naturaleza colegial, al Obispo, en virtud de la Consagración y de la misión canónica, también se le confiere la co-preocupación y la co-responsabilidad para el bien de la Iglesia universal: “El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al Cuerpo de los Pastores (…) por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su propio oficio, están obligados a colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien de modo especial le ha sido confiado el oficio excelso de propagar el nombre cristiano” (LG 23).

En el reconocimiento del fructuoso apostolado que habían ejercitado las Conferencias Episcopales ya entonces existentes, y con el deseo de que estos organismos fuesen erigidos en todas partes, el Concilio Vaticano II formuló, por así decir, una breve definición: “La conferencia episcopal es como una asamblea en que los Obispos de cada nación o territorio ejercen unidos su cargo pastoral para conseguir el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo por las formas y métodos del apostolado, aptamente acomodado a las circunstancias del tiempo” (CD 38,1). La implementación teológica y práctica del servicio de las Conferencias Episcopales a la totalidad de la Iglesia y a las partes eclesiales comprendidas en ella, ha continuado siendo desarrollada y concretizada en el Motu Proprio "Apostolos suos".

A este servicio también le corresponde una competencia magisterial de los Obispos pertenecientes a una Conferencia considerados en su conjunto (cf. AS 21; CIC can. 753). Estas instituciones surgen al servicio de la unidad de la fe y de la implementación concreta en un espacio cultural. La referencia al sucesor de Pedro, principio visible de la unidad de la Iglesia, es constitutiva para cada Concilio ecuménico, para cada sínodo particular y para cada Conferencia Episcopal; y además, es de derecho divino, al cual se debe subordinar todo derecho de la Iglesia. Una Conferencia Episcopal no puede emitir nunca una declaración dogmática vinculante de forma separada, ni tampoco relativizar dogmas definidos o estructuras sacramentales constitutivas (por ejemplo, hacer depender el propio ministerio magisterial y pastoral de organismos de puro derecho eclesial).

Tendencias separatistas y comportamientos prepotentes solo dañarían a la Iglesia. La revelación ha sido encomendada a la Iglesia única y universal para su fiel custodia, Iglesia guiada por el Papa y los Obispos en comunión con él (LG 8; DV 10). La Iglesia Católica es communio ecclesiarum y no una federación de Iglesias estatales o una alianza mundial de comunidades eclesiales confesionalmente emparentadas, que respetan por tradición humana al Obispo de Roma como presidente honorífico. Pues nación, idioma, cultura, no son principios constitutivos para la Iglesia, que testifica y realiza la unidad de los pueblos en Cristo; pero son medios indispensables, en los cuales se despliega toda la riqueza y la plenitud de Cristo en los redimidos.

La "Evangelii gaudium" quiere reunificar interiormente a la Iglesia, para que el Pueblo de Dios, en su servicio misionero, no sea obstáculo a una humanidad necesitada de salvación y ayuda. El Papa Francisco propone en su escrito apostólico “algunas líneas que puedan alentar y orientar en toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora, llena de fervor y dinamismo” (EG 17).

Gerhard Ludwig Müller