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sábado, 20 de septiembre de 2014

Para todos los gustos.

En este mundo “hay gente pa tó” y cual se monta su vida como mejor quiere o puede. Vivimos en un país de libertades y a partir de ahí uno puede decidir ser monje, banderillero, vendedor de castañas, cultivador de champiñones, soltero, casado, político ejerciente, vendedor de sueños o controlador de nubes. El matiz está en que no todas las opciones son posibles a la vez, simplemente por una cosa llamada incompatibilidad de vida.


En la Iglesia siempre se ha tenido en gran veneración la vida de monjes y monjas contemplativos. Hombres y mujeres que salen del mundo, voluntariamente entran en el claustro –clausura- y dedican toda su vida a la contemplación y a la oración por el mundo y sus necesidades. Naturalmente si los monasterios son lo que se supone que deben ser, y los monjes y monjas comprenden qué sentido tiene lo de encerrarse voluntariamente alejados de la vida mundana para dedicarse a la contemplación, pues todo resuelto.



El problema es que de repente han comenzado a aparecer monjes y monjas contemplativos que han decidido que lo suyo no es el claustro, sino el andar de la ceca a la meca, en un culeo de por aquí asomo y por allá traspongo, organizando ONGs, colectivos, luchas ciudadanas, movimientos sociales, participando en spots televisivos o moviéndose por ese  mundo que se había abandonado más que el baúl de la Piquer.


Conocidas son en esta forma de entender el claustro la benedictina Teresa Forcades y la dominica Lucía Caram, que parece ser que no encuentran sentido a lo de la clausura y juegan la primera a pontificar de lo humano y lo divino y a predicar a tiempo y a destiempo, especialmente esto último, y la segunda a ser Hija de la Caridad pero a lo benedictino contemplativo que es un sancocho de no fácil digestión.


Nos ha salido ahora un monje cisterciense de la estrecha observancia de Santa María de Huerta, José Antonio Vázquez, al que por lo visto también le parece poco lo de abrazar la clausura, el silencio interior, la oración por el mundo, y miren por dónde ha descubierto que su vocación de trapense encuentra su mejor expresión en organizar la rama “espiritual” de “Podemos”, “lo más democrático que hay en España” –que sí, que eso dice el monje-, y de paso conseguir una espiritualidad “abierta” donde quepa todo lo que sea menester.


El primer cachondeo es llamar a esto “espiritualidad progresista”, porque ya se sabe que si algo no es progresista es un fracaso total. De momento mañana sábado tienen una reunión en Madrid, en Vallecas, a la que asistirá el monje que, por cierto, aún no ha tenido tiempo de hablar de esta movida con el superior. Lo comprendo, ya dice él mismo que “hablar de la Jerarquía Católica es hablar de una abstracción…”


Las cabezas se vuelven tontas. Parece ser, según lo que nos cuenta este monje –porque con los papeles en la mano debe serlo- que los trapenses de toda la vida, sí, esos callados, que apenas hablaban más que lo indispensable e incluso empleaban el lenguaje de signos, sí, esos de clausura rigurosísima, esos mismos que han dado a la iglesia española un santazo de la talla de fray Rafael María Arnáiz, eran gente alejada del mundo, ajena a las realidades de la gente, insolidarios y cerrados, que se dedicaban a la contemplación y el silencio en lugar de montar sus grupos efectivos de apoyo a partidos políticos y pasarse el día viajando para pedir el voto para un grupo político partidario del aborto, anticlerical, que tiene como modelo la Venezuela de Chávez y Maduro, apoya a los presos etarras, justifica el terrorismo y defiende el marxismo radical como vía de convivencia.


Por si nos quedaba duda de por dónde anda el monje, no se pierdan esta perla: “Sor Lucía Caram calificó a Pablo Iglesias como un verdadero contemplativo… lo cual es un buen aval…”.


Me hago una pregunta: san María Rafael Arnáiz, cisterciense, hermano de hábito de José Antonio Vázquez, ¿qué pensaría de la aventura de este hermano? Pues eso.

O mejor dos preguntas… ¿dónde anda el padre abad? Porque algo podría decir, aunque fuese por señas…

(Jorge González Guadalix. Foro De profesión, cura.)

miércoles, 19 de febrero de 2014

"La última palabra de la historia no la tienen ni Antíoco, ni Herodes, ni Boleslao, ni Hitler, ni Stalin, ni Mao, ni los grupos de presión que dominan no pocos ámbitos de nuestros estados.

"La última palabra de la historia no la tienen ni Antíoco, ni Herodes, ni Boleslao, ni Hitler, ni Stalin, ni Mao, ni los grupos de presión que dominan no pocos ámbitos de nuestros estados.
La última palabra la tienen el Amor, la Justicia y la Verdad". Fernando Pascual ConoZe.com
Es hermoso, es de almas grandes, vivir con honestidad. Quien asume principios de justicia, quien vive según una ética verdadera, enriquece su existencia, promueve el bien entre los hombres, ofrece al mundo el tesoro de su ejemplo y de su amor. Pero muchos se sienten incómodos ante la honestidad. Por eso, defender los principios éticos lle de su Dios: prefirieron la muerte bajo el tirano Antíoco que la vida en la injusticia (2Mac 7,1-42). El caso de Juan el Bautista nos impresiona profundamente.
No tuvo miedo en decirle al rey Herodes que estaba en pecado grave de adulterio. Por eso sufrió el martirio, y con su sangre testimonió que hay normas que valen para todos, incluso para los tiranos. ... o guardar silencio
El obispo san Estanislao (1058-1079) fue asesinado a los 31 años por haber recriminado al rey Boleslao II de Polonia sus injusticias y pecados. Estanislao tuvo valor, porque sabía que es noble la vida de quien advierte por amor al hermano para que se corrija de sus faltas, mientras que es miserable la vida de quien calla por miedo, para conservar algo de riquezas, para «sobrevivir» un poco más de tiempo en esta tierra pasajera...
En tiempos recientes, millones de bautizados sufrieron el martirio, la cárcel, la pérdida de sus bienes y derechos, por oponerse a gobiernos dictatoriales, como los que nacieron del comunismo, del fascismo y del nacismo. Prefirieron denunciar la injusticia y la inmoralidad de ideologías y gobiernos opresores a vivir cómodamente sometidos a los dictadores de turno.
Todavía hoy son perseguidos miles de católicos. Creer en Cristo y vivir la ética del Evangelio no será nunca fácil. Defender los principios de la justicia social, de la ética matrimonial, del respeto a la vida contra los defensores del aborto o del infanticidio, de la dignidad de los pobres y de los enfermos, será el «motivo» que les hará sufrir la persecución. Tal vez será una persecución sutil (como la que se realiza a través de calumnias y mentiras con la ayuda de algunos medios de comunicación social). En otros casos se tratará de persecuciones descaradas: denuncias ante tribunales, agresiones físicas, arrestos arbitrarios, leyes que impiden a los cristianos manifestar sus propias convicciones en la vida pública. No tienen la última palabra Cristo nos advirtió que seríamos odiados por el mundo. Pero también nos consoló con palabras que sólo pueden venir de Dios: «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
A pesar de la fuerza de quienes quieren ahogar la voz de la Iglesia, de quienes buscan imponer como algo normal comportamientos sexuales, económicos, políticos o individuales que no respetan la verdad sobre el hombre y sobre sus deberes y derechos, la fuerza de nuestros principios prevalecerá. La última palabra de la historia no la tienen ni Antíoco, ni Herodes, ni Boleslao, ni Hitler, ni Stalin, ni Mao, ni los grupos de presión que dominan no pocos ámbitos de nuestros estados. La última palabra la tienen el Amor, la Justicia y la Verdad. Un Amor que, entre nosotros, bautizados, también nos llevará a perdonar a los enemigos y a tender la mano a quienes tanto daño hicieron; y que necesitan, por lo mismo, mucha más misericordia para abrirse a la vida verdadera, al conocimiento de un Dios que es Padre de todos, del santo y del pecador. Que quiere, por lo mismo, que todos los hombres se salven a través del conocimiento de la verdad (1Tm 2,4). Una verdad que tiene nombre e historia, que nació y vivió entre nosotros, que continúa en su Iglesia y, especialmente, en la Eucaristía. Una verdad que se llama Jesucristo, y que sostiene y da fuerzas a los millones de mártires que saben dar, con su vida, testimonio de los auténticos valores del espíritu.

viernes, 10 de enero de 2014

La perversión ideológica.

 ¿FILOSOFÍA PARA QUÉ?
El influjo cultural de la metafísica del materialismo histórico, que preconiza la necesidad frente a la libertad
en la construcción de la sociedad, ha hecho que la sociología
haya acaparado el ámbito de la filosofía social, ciencia
cada vez más relegada al círculo de estudio de un reducto
de pensadores románticos de la libertad.
El fenómeno que ha pasado desapercibido para la generalidad del pensamiento occidental es de una trascendencia fundamental.
La sociología, ciencia que estudia el comportamiento de la sociedad,
los hechos sociales dados, ha adquirido en el último medio siglo una relevancia inusitada. El estudio de su propio comportamiento se ha convertido para la sociedad en la referencia de su proceso de evolución,
como si su comportamiento hubiera respondido a hechos necesarios -aquello
que necesariamente tenía que ocurrir- y no a actos humanos libres que hayan sido causa de unos comportamientos determinados frente a otros que también podían haberse dado.
La filosofía social, que no se enfrenta a la sociología, sino, todo lo contrario, la utiliza como ciencia
auxiliar, tiene por objeto el estudio de los principios fundamentales que deben ordenar el comportamiento social para que el mismo responda a la expectativa coherente de todo el orden existencial.
No se trata pues de la observación de la evolución de la sociedad, o del análisis de hechos sociales,
desde una perspectiva mecanicista, sino de fundamentar los actos sociales, como actos humanos, creativos, libres, sujetos a la crítica que condicionen su valor. La libertad de este modo no se corresponderá con la tendencia social, sino la adecuación de la concurrencia de los actos que generalizan los hechos sociales con la ética.
Frente al rigor intelectual, en los últimos tiempos podemos observar -como vienen denunciando algunos de los mejores pensadores de la actualidad- a la frivolidad instalada en el centro de la corriente cultural. Esta tendencia del pensamiento que se decanta por dar mucha importancia a lo irrelevante, mientras lo realmente importante queda ignorado, está encontrando en la superposición de la sociología sobre la filosofía social su más adecuado campo de cultivo.
No tendría más importancia la preponderancia de la reflexión sobre lo banal, si no fuera por el enorme influjo sobre el comportamiento de las personas. Cuando a la sociedad le faltan referencias para regular su comportamiento, se adentra, poco a poco, en el dominio de lo irracional.
Es por tanto la filosofía social la ciencia especulativa encargada de aportar las referencias para la construcción de la sociedad, para superar la fácil tendencia que con frecuencia marca la inercia, para retomar el humanismo.
Frente a la sociedad práctica, en la civilización del usar y tirar, se presenta al criterio de muchos obsoleto el propugnar la especulación y toda referencia a la práctica filosófica no experimental. Pero no queda más que juzgar si queremos al hombre, si nos queremos a nosotros mismos, como sujetos o como objetos del devenir.
Una filosofía social que, frente al reduccionismo del existencialismo, sea capaz de devolver al hombre la inquietud de, al menos, cuestionarse si la sociedad que le construyen a su alrededor políticos,
economistas y parlanchines es la más conforme a su naturaleza.
Una filosofía social que mediante la reflexión y contraste de las ideas, aporte luz y criterio a cuantos por delegación de la misma sociedad tienen el deber de construir el mejor de los mundos posibles.

PAPELES PARA EL PROGRESO DIRECTOR: JORGE BOTELLA NÚMERO 1 ABRIL-MAYO 2002